Hemos tenido una conversación, Loles y yo, esta mañana.
Al terminarla hemos concluido en que la educación diferencial, recibida por las niñas, es una forma de violencia de género.
Si desde la sociedad y la familia, los niños y las niñas recibieran una mirada y trato igualitario es posible que esta carcoma social se extinguiría.
Recuerdo uno de mis primeros trabajos de investigación, cuando era estudiante(a) de bachillerato.
Recuerdo algunos textos en que investigué. Las mujeres: madres y abuelas, hermanas y tías, vecinas y maestras,...
Las mujeres, sí.
Ellas eran las que transmitían ese rol diferencial a las niñas.
Eso lo leí con mis quince años, más o menos. Es difícil situar el recuerdo.
Está claro que es la semilla que ha ido germinando.
Me educaron con un hermano.
Podría enunciar miles de quejas de trato diferencial.
Una:
Recoger sus cosas, en su habitación y en el baño. Hacer su cama. Servirle la comida.
Una vez, me enfrenté a mi padre, era esa adolescente. El me dijo que así tendría que hacer cuando me casara.
Mi exabrupto fue: ¡NUNCA ME CASARÉ!
Así ha sido. La vida se marcó en ese rechazo.
He vivido con mis parejas y he marcado el terreno. Nunca con papeles por medio.
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