CONSECUENTES

DAR RIENDA SUELTA A LA IMAGINACIÓN

La mejor época de mi infancia la pasé jugando en la calle. No me explico como en una largura de treinta portales y con gran tráfico de coches podíamos jugar a tantas cosas. Éramos un grupo de ocho, entre chicos y chicas, entre nueve y trece años. Tendría yo unos once y un infierno en mi casa, lo cual no era eximente de tener ya algunos principios claros. Nos llevábamos bien, pero a esa edad lo típico era las chicas por un lado y los chicos por otro aunque los mejores momentos sucedieron cuando compartíamos todo.

En la misma calle vivíamos todos. Mi casa estaba en el primer piso de un edificio de tres plantas, todas llenas de familia mal avenida con un almacén de patatas y cereales propiedad de mi padre y sus hermanos.

El niño más guapo de todos, el rubito se pasaba el día chinchándome. Me llamaba patatera y yo no lo soportaba; hoy puede parecer una tontería pero entonces me hacía daño. Todos los días y a todas horas con la misma cantinela.

Un buen día que jugábamos cerca del almacén, el nene se lo pasaba bomba con lo de patatera, incluso había ideado una cancioncilla que no paraba de cantar pudriéndome las entrañas: “La patatera, vende patatas, de las baratas, por cuatro latas”. La recuerdo perfectamente, no todos los días le escriben a una canciones.

Y de repente llegó el momento en el que me di cuenta de que cuanto más me veía que me hacía daño, más placer sacaba y que si no terminaba con eso siempre iba a ser una pisada por todos.

Una fuerza inesperada se apoderó de mí, la ira fue subiendo poco a poco desde el estómago acongojado hasta la cabeza poderosa y me vi mucho más grande que él. No sé como se me cruzaron los cables, y agarré al niño rubio de infancia consentida con todas mis fuerzas y lo arrastré hasta el almacén. Era más alto que yo, los dos muy delgaduchos. Se tiró al suelo, lo agarré del pantalón, del jersey, de los pelos. Lo descamisé y sus piernas se agarraban al asfalto como la rueda de una apisonadora. Lloraba como una nenaza que hubiera vomitado en el vestido de la primera comunión. No sé contar los minutos pero allí lo puse delante de mi padre y le dije, a voz en grito: Ahora se lo sueltas a la cara, aquí lo tienes. Yo también lloraba.

Mi padre era por aquella época un anticristo que daba miedo hasta al propio miedo. En cuanto lo solté, gateando y llorando echó a correr hacia su casa como alma que lleva el diablo. Mi padre encima me dio dos bofetones sin mediar palabra, como siempre, aunque aquella vez me dolió más porque estaba salvaguardando su honor.

A partir de ese día el niño rubio de champú caro empezó a respetarme, es más, crecimos de golpe y hasta llegó a enamorarse de mí. Anda que no tuvo calabazas el infeliz.

A partir de entonces empecé a rebelarme contra todo lo injusto que caía sobre mí, y eso se lo tengo que agradecer a Eduardito, que levantó la fiera.

Pobrecillo, y es que en su casa nadie tenía cojones.

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