Recuerdos fúnebres
(Relato verídico)
Acabó la primera parte de la zarzuela y una voz de ultratumba anuncia un receso de quince minutos. Mi duende no desea nada, pero yo necesito levantarme para ayudar a la circulación de la sangre en mis piernas, también necesito ir al servicio sanitario. Esta maldita diabetes haciendo de las suyas conmigo.
Salgo fácilmente de mi asiento, estoy sentada en la butaca de esquina al pasillo. Camino sin mirar a nadie, o me veré obligada a invertir diez de los quince minutos saludando a mis amigos allí. No tengo suerte, a mitad de pasillo se me cruza un compañero de facultad, y me canta a todo pulmón “Por la calle de Alcalaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa“ en un do de pecho estridente y cianótico. Por poco muero del susto y me tambaleo a punto de caer sentada en la falda de un anciano simpaticón que me mira reconociéndome y deslumbrado con toda mi voluptuosidad. Me sujeto de su hombro para evitar romper con el peso de mi cuerpo, 220 libras para ser exacta, los escuálidos huesos del dulzón anciano.
Al sentir la fuerza de mi mano sujetándome, sonríe con una boca sin diente y me dice:
- no se apure señorita, los dos tenemos dónde caernos muertos-
Sus palabras me hacen reír a carcajadas, y es entonces cuando lo reconozco. Es el dueño de la Funeraria Mayagüez Memorial, amigo íntimo de mi tío Guillermito Gajate. Tío del que les conté que al cumplir mis quince rosadas primaveras me mandó de regalo un sobre sellado que incluía un certificado para el despacho de mi caja mortuoria. Desde entonces tengo, literalmente, donde caerme muerta.
Nos dimos un abrazo y sujetándose de mis brazos me preguntó:
- ¿Murió tu tío? ¿Quién lo embalsamó a él? Nunca me perdonó cuando abrí mi funeraria y le hice la competencia, ganándome la mitad de sus muertos.
No entiendo cómo pudo ser tan avaro, total, si en esta ciudad siempre había muertos suficientes para los dos.-
Entre chistes de muertos y abrazos de cariños contenidos en el tiempo, se me escaparon los quince minutos del receso, y tuve que volver a mi silla con la vejiga llena a punto de reventar, y una ganas locas de reír, pensando en la muerte, mientras los gritos de la zarzuela invadían mi espíritu aún encarnado.
Hoy nos invitó a cenar en su casa un amigo en común que presenció el reencuentro, y el rival de mi tío ha tocado para mí al piano un “Bésame mucho” que me ha vuelto a sacar carcajadas. Pareciera como si la muerte y las funerarias no le afectaran su alegría de vivir y su buen sentido del humor.
¡Que vivan los muertos! ¡Que vivan!
Carmen Amaralis
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