
Es temprano, amanece sobre la playa vacía. Un solitario personaje se desplaza decidido, dejando la orilla mojada a su derecha. Su cabeza erguida denota decisión, su porte es impresionante. Su cabello ralo al viento se mezcla, en su movimiento, a las olas que suavemente ondean la arena, depositando conchas mojadas que brillan en un tiempo efímero, cual si fueran gemas exquisitas.
A lo lejos se divisa la presencia de una liviana figura.
En ese instante ella se da la vuelta y marcha en dirección opuesta. Él se queda quieto, expectante.
Un manto gélido y negro lo cubre todo, haciendo desaparecer estas figuras que parecen ser absorbidas por una espesa neblina.
En la escollera alguien mira, observando los movimientos que proceden de la arena que ante sus ojos se extiende, mirando al norte, el sol cae a plomo sobre su espalda proyectando sobre las rocas una sombra desdibujada. Entre tanto unos gatos le acompañan, ronroneando entre sus pantorrillas. Él se pone en cuclillas y con la mano sobre la frente parece que enfoque la mirada a lo lejos apreciando los movimientos que se van yendo. De repente toma empuje y marcha saltando de piedra en piedra, como si en ello le fuera algo que nadie podría adivinar.
Tras los cristales del chiringuito, observas con curiosidad las figuras que componen ese cuadro que a ti se te antoja extraño. Compones un guión de tres en que estableces relaciones posibles.
Ella y él iban al encuentro, pero a lo lejos capta la presencia de quien no debería verlo. Por eso marcha, elude ese encuentro.
Al tiempo, las señales son claras y, a pesar del quiebro, nada es evitable. El drama se pone en marcha.
Has leído tantas historias que al fin no sabes distinguir que en nada se relacionan esos tres personajes, que eres tú quien los haces partícipes de una trama. Por eso escribes un relato que entretenga tu suerte de pintora de vidas ensayadas.
Se sube el telón y ante ti esa escena con un coro de voces, ecos de pensamientos supuestos, los que tu compones. La música acorde con ellos.