Con los dedos huesudos ennegrecidos por el tiempo buscaba de la raida cartera unas monedas. La cajera esperaba pacientemente al anciano que mirando desconfiado las sacaba una a una.
- Faltan dos céntimos.
Él hurgaba en el bolsillo izquierdo de su pantalón de pana marrón y sacaba las cosas que contenía poniéndolas sobre el espacio dónde se colocan las cosas antes de pasar por caja, la cinta que se pone en movimiento arrastrando todo aquello que ponemos para que quien está en la caja pueda andar pasándolo por el lector del código de barras. La gente miraba con esa cara de asco que muchas veces ponemos por falta de tacto. Sacó un pañuelo de tela blanco sucio y arrugado y el mohín de la gente fue como un estertor.
- No, no las encuentro.
El anciano quedó desconcertado y desorientado mirando a todos los lados.
Nadie reaccionaba a su favor. Nadie se inmutaba. Todo el mundo con cara de póquer.
Buscando y rebuscando en todos los recovecos posibles. Angustiado con gesto de no poder hacer nada, abriendo las palmas de las manos hacia fuera y subiendo los hombros. Gesto lastimero que no movilizaba a nadie.
La gente con sus carros llenos se inquietaba en la espera. La cajera mirando al fondo veía que se le acumulaba el trabajo. Al fin, tras un minuto o segundos que se dilatan, decidió hacer algo. Mirando al anciano le dijo: - Mire, señor, ya lo traerá mañana, no se preocupe.-
El anciano recogía uno a uno cada objeto de los que había dejado desperdigados sobre la cinta, parsimonioso y sin premura. Iba poniendo en la bolsa que la cajera le diera un par de cosas, toda su compra.
Anna, 28/11/2006
Este texto nace a la luz del encuentro con las personas mayores en los espacios dónde nos movemos con precipitación. Muchas veces nos quejamos por su torpeza sin hacerlo de forma directa, más bien con gestos y complicidades sin tener en cuenta que esos gestos son suficientes para que ellos se den cuenta de que se les ve como un tropiezo en nuestro camino.
El texto original escrito a vuela pluma sobre el papel tiene otro contenido de reflexión que quisiera desarrollar.
Ese día había tenido otra anecdota con un matrimonio y aunque no iba con prisa el tiempo que necesitaron para recoger su compra hizo que yo parara mi ritmo. Seguramente fue la razón por la cual surgio esta reflexión.
El final de mi escrito tenía el siguiente manifiesto: "La calle también es suya."
Uno de mis nombres de escribidora es lletraferida. Por ese nombre he dejado muchos textos en tusrelatos.com, de allí traigo el que aquí os presento.
http://tusrelatos.com/sistema/vrelato.asp?ID=13626