Una nube gris y opaca cubría el cielo que teníamos sobre nosotros, como si de una boina gigante se tratara.
Una sensación de aplomo invadía el ambiente.
Luisa, salió corriendo dispuesta a alcanzar al grupo.
No consiguió su objetivo. Nadie se había percatado de su ausencia y ya habían tomado la curva de la carretera, cuando ella asomó gesticulando.
Sería al cabo de media hora, que unos y otros empezaran a advertir que uno de los asientos del autocar estaba vacío.
Ella, resignada, volvió sobre sus pasos, arrastrando su jersey y mochila.
Cuando su hermana la vio regresar, no dijo nada. -Se lo tiene bien merecido-, pensó, arqueando las cejas, pasando los dedos de su mano izquierda por entre los pelos rojizos de su flequillo.
-No me extraña que hayas hecho tarde-, le espetó casi escupiéndoselo a la cara.
Luisa se tumbó sobre las sábanas que todavía conservaban el calor de la noche, y cerró los ojos, cubriéndose con el antebrazo derecho.
Su madre, miraba desde el umbral de la puerta de su habitación, pensativa.
-Tendrás que avisar a los monitores-, le dijo al tiempo que le acercaba el teléfono inalámbrico.
-Para nada-, contestó ella, sin apenas moverse.
-Ya verán que no estoy. Musitó para sus adentros.
-¡Eso si se dan cuenta!, añadió sin poder disimular su enfado.
-Nadie se da cuenta de si estoy o no.- Pensó.
Hacía tiempo que se había ido distanciando y dejado llevar como si fuera una autómata.
Ahora su mente le enviaba mensajes que debería enfrentar.
Rita, su mejor amiga, se había alejado de ella. O era ella quien había perdido esa amistad, por falta de contacto.
Aquellas nuevas amigas, se habían interpuesto.
Nada era como antes.
Recordó aquellos días maravillosos en que todo eran risas y complicidad.
En el autocar, Rita sintió una punzada en el estómago. Pensó en Luisa y lamentó no tenerla a su lado.
Siempre buscaban estar juntas, pero en este momento se percataba de que había tardado en advertir su ausencia.
Se había distraído con unos y otros, sin caer en la cuenta de que era ella quien debía haber dado el aviso y solicitado que se esperara a su amiga.
De pronto sintió que esa sensación iba a más y pidió que abrieran una de las ventanas para que le diera el aire.
Estaban atravesando un paisaje montañoso y las curvas de la carretera hacían que se sintiera mareada.
Aguantó como pudo, hasta que por fin llegaron al parador de aquel embalse.
Cuando descendió del autocar, sintió que nada valía la pena, que sin Luisa no sería lo mismo.
Aquella excursión sería monótona y larga.
No sabía lo que le esperaba.

Luisa pasó el día con un humor de perros.
Carla, su hermana, la esquivaba para evitar ser el objeto de su furia contenida.
Las horas se hacían eternas. El tiempo parecía no pasar. Miraba el reloj de soslayo y constataba que apenas se había movido el espacio de un par de minutos, cuando pensaba que podían ser treinta.
Sus pensamientos golpeaban sus sienes hasta tal punto que una vena dilatada zigzagueaba. Tenía la cabeza a punto de estallar.
No pudiendo soportar la tensión, decidió evadirse colocándose los auriculares en las orejas y poniendo su música a toda pastilla, a tope, pero no le supo a nada. Una sensación de vacío la ahogaba.
Bastó que se cruzara su gato Raspa para que estallara con toda su ira.
-¡Sal de en medio!, gritó en un alarido que la llevó al llanto.
Eso ablando la aflojó la actitud defensiva de Carla, que descuidando toda prevención se le acercó diciéndole: -¿Qué te pasa, Luisa?-, a lo que ésta le contestó, gritando, -¡A ti que te importa!
Su madre acudió a la habitación temiendo que las dos hermanas se enzarzaran en una pelea.
Cuando bajaron del autocar, los monitores y monitoras les dieron un plano y una brújula, junto a un sobre cerrado en el que se encontraban las instrucciones para hacer la actividad.
Rita acompañó al grupo que le habían asignado. Eran tres, ya que la cuarta era Luisa y no estaba.
Rosa y Carlos, tomaron el mando y ella no hubo de preocuparse de nada, ya que les dejaría hacer sin interponerse, pero allí empezó el embrollo de lo que sucedería después, pues ellos eran un auténtico desastre en todo lo que supusiera orientarse. Además, al juntar la brújula con los cachivaches que llevaban, ésta perdió el norte.
Luisa, encerrada en el cuarto de baño, no atendía a los requerimientos de su madre.
Tapándose los oídos intentaba centrarse en el ritmo de la música.
Entretanto, sonó el teléfono.
Un silencio aplastante le pareció palpable.
Esa sensación fue material. Aunque la música le hubiera impedido oir el timbre del aparato, ella notó el vacío al otro lado de la puerta. Eso la llevó a quedarse quieta y a quitarse los auriculares, de inmediato.
-Está en casa-, oyó decir a su madre.
La curiosidad pudo más, y la hizo salir de su refugio.
-Han llamado preguntando sobre tu ausencia-, le decía, encaminándose a la puerta de la calle.
Su hermana y su madre estaban vestidas para salir.
Habían decidido hacer lo que tenían previsto.
-¿Quieres venir con nosotras al centro comercial?- le preguntó su hermana, pensando que podía animarla.
-¡No!-, contestó ella con sequedad.
Eso molestó a Carla, haciéndole cerrar la puerta de golpe, al salir.
Al cabo de un rato, Luisa sintió frío, y acercándose a uno de los radiadores del pasillo, comprobó su temperatura.
Su gato se enredaba entre sus piernas, maullando suavemente
-¡Sari, para!, grito Luisa con indignación.
-¡No ves que no estoy para juegos!, dijo suavizando su voz, al ver que su gato se arqueaba frente a ella.
-¡Seré imbécil! Ni que fuera tan importante ella-, se dijo, con un manotazo que casi tocó su cara.
-Rita no merece ni un segundo de mi pensamiento.
-Tendré que poner orden a mis cosas y vivir una nueva vida.
Pensaba, al tiempo que tomaba en sus brazos a Sari, que ahora se acomodaba y ronroneaba.
Carla iba silenciosa en el asiento de atrás, mientras su madre ojeaba de vez en cuando el espejo, observando su gesto.
-Ya se le pasará. ¿No te parece?- le decía su madre, mientras pensaba que las cosas se estaban poniendo difíciles con las dos chicas.
Luis marchó. De eso hacía tanto tiempo que casi parecía que fuera un sueño.
Le gustaba pensar que había marchado, pero lo que tenía que encarar, era que una terrible enfermedad les había robado sus sueños.
Aunque no les faltaba de nada, ahora hubiera sido útil poder hablar con él sobre sus y cómo iba afrontando los problemas cotidianos.
De niñas, Carla y Luisa habían sido uña y carne, pero desde hacía unas semanas, se peleaban por cualquier cosa y crispaban el ambiente.
Cuando Luisa había decido apuntarse a aquella excursión, pensó que tendría ocasión de escuchar las quejas de Carla, pero ahora con ella en casa, no tenía humor para sonsacar a la pequeña y averiguar cual era la razón de su distanciamiento.
Empecé este relato, y día a día aporto algo. Si te animas a seguirlo conmigo, estás invitado(a) a ello.