Se acercaban y no miraban, los niños y niñas de aquel colegio correteaban. Podría tocarlos, pero no tenía manos, podría susurrarles hermosas palabras, pero no tenía boca, ni lengua, ni dientes, ni garganta. Nuestro amigo soltó una lagrimita seca de su relleno de paja.
El Sol azotaba su roída cara.
Los niños marchaban cogidos de las manos que les acompañaban.
Una niña de ojos azules, como las nubes de un día transparente, le miraba.
-Lula, ven, que se hace tarde_ decía una chiquilla poco más alta que ella.
Lula miraba los ojos tristes de ese espantapájaros que parecía recoger en él todas las sombras que había tras el viejo edificio escolar.
-Lula, no te entretengas.
Lula miraba y sentía que su corazón se encogía.
-¡No ves que está triste!- Exclamó la niña, soltándose de la mano que la apresaba y corriendo a abrazar al espantápajaros que la intrigaba.
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