DAR RIENDA SUELTA A LA IMAGINACIÓN

Como resultado de la serenata que estaban armando madre e hijo, el amo acudió a abrir la puerta de la calle, y se dio de manos a boca con el infeliz Reeec, que lo flechó con unos ojos ahítos de sufrimiento y pánico. Entretanto, Centella no había parado de ladrar. El fuego de la maternidad corría por sus venas caninas. –¡Maldito chucho! –bramó el amo–. ¡Me has despertado..., y también a la parie…
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