FINAL DEL VERANO
A Cacho le gustaban las noches de verano, cuando su familia se sentaba en la vereda a conversar en el fresco, mientras ellos jugaban. Desde la tarde saboreaba el olor a tierra mojada de los mosaicos recién baldeados, costumbre en esa cuadra y la siguiente. Cacho no sabía qué pasaba en la primera desde la avenida, ni en la próxima hacia las vías. Como no iba a la escuela, las dos cuadras bastaban para formar un grupo que a él le parecía numeroso.
Las casas se apiñaban sin espacios, salvo la esquina baldía tapiada donde había una obra abandonada y un limonero; para subir a él, era necesario trepar por los herrajes del portón, y descender como se pudiera por el otro lado. Pero los limones verdes, comidos con cáscara, tenían el sabor de lo elegido.
Cacho corría con los demás, y había que apurarse para no llegar último y después tener que contar de cara a la pared. La sombra de los plátanos cubría con un manto alquitranado las anchas veredas, y los rincones quedaban sumergidos en ese mundo que apenas conocía de día.
Cruzaban de una vereda a otra buscando lugares adecuados, saltando con sigilo sobre los gruesos adoquines. Las alpargatas eran silenciosas, todos las usaban, salvo Lito que tenía pampero acordonadas, pero hacían algo de ruido.
De la otra cuadra venía el Alfredo, y de la paralela, el Fito y el Reinaldo. El Reinaldo andaba siempre con el flequillo en los ojos, porque no había forma de peinar ese flequillo rebelde. Y el Fito era el vago mayor, siempre sucio, pero admirado por traer novedades como insultos o palabras prohibidas.
Cuando se cansaban de las escondidas, venía el momento de los cuentos de misterio y desaparecidos. En mitad del juego Cacho corría hasta su casa, y a oscuras y con miedo, manoteaba la botella de agua fresca para reponer lo transpirado.
-No dejes la heladera abierta - recomendaba su mamá desde afuera.
El verano estaba muy avanzado, la barra había adquirido habilidad para el juego, y se rivalizaba en encontrar mejores escondites. Fito había ganado fama, por descubrir lugares insólitos; una noche calurosa, las chicharras cantaban, y el viento norte soplaba sacudiendo las hojas de los plátanos. Cacho pudo oír que la tormenta estaba próxima, mientras respiraba el perfume del jardín de lluvia que persistía en la cuadra; más tarde vieron relámpagos sobre el terraplén ferroviario. El Reinaldo tenía el pelo pegoteado de sudor, todos corrían apurados sin razón, y el cielo, en destellos fugaces, aclaraba la sombra bajo los plátanos; luego hubo un instante de quietud, y el viento comenzó a soplar del sur. Una nube de tierra y plumerillos obligó a los padres a retirarse, pero el juego estaba en su mejor momento, y Fito seguro en un escondite perfecto, porque hacía rato que sólo faltaba él. Lito fue dejando precauciones de lado, después de revisar uno a uno los mejores lugares. El grupo se le plegó poco a poco en la búsqueda, y entre risas y ruidos simulados, se saboreó el momento de la corrida. Pero no quedó más rincón sin ver, y, algo desilusionados e inquietos, pasaron a los cuentos. Caían las primeras gotas, los padres llamaban, y Fito no aparecía. Pero como era el mayor, casi el adulto del grupo, no era para preocuparse, se quedó con la intriga hasta el otro día, porque la tormenta estaba sobre ellos.
A la mañana siguiente, fueron llegando de a uno a la casa de Fito, ávidos de conocer su inviolable escondite, pero sólo vieron a una madre asustada, porque no había vuelto a la casa. Después se enteraron por la hermana, que amenazaba con escaparse de su hogar desde hacía tiempo. Fue el comentario del barrio; su imagen creció a los ojos de la barra, hasta convertirse en un ídolo.
El verano tocaba a su fin, y en vista de lo sucedido los padres resolvieron suspender las escondidas nocturnas. Esa noche sería la última, y no habría cuentos. Le tocó a Lito cerrar el juego, y cuando encontrara al último, cada uno volvería a su casa. En busca del que faltaba, Lito se animó a escudriñar la obra abandonada, del terreno baldío de la esquina.
Vio algo extraño, y cuando todos miraron con linternas, alguien había allí, en el pozo de más de dos metros, pero no respondía ni se movía, y además no faltaba ningún chico, porque se escuchó al Reinaldo, allá lejos, correr y ganarle el juego a Lito.
Al fin pudieron verlo mejor, inmóvil y acurrucado, estaba Fito.
ROBERTO MERLO
El blog de ROBERTO ANGEL MERLO
ME PARECIÓ INJUSTO NO INCLUIR AL SEXO FEMENINO.
Aclaro que en el google están en distintas páginas, lo cual no está bien.
• "Para negociar bien hay que aprender a ser suaves con las personas y duros con los problemas" (Margarita Martí)
• "Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía". (Marcela Lagarde)
Para combatir el antisemitismo no hace falta ser judío, como para…
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Publicado el diciembre 14, 2008 a las 10:51pm 2 comentarios
- Se puede hablar bien una lengua. Pero ¿para decir qué?
Nada más insustancial y torpe que las conversaciones que se oyen en las salas de espera de los aeropuertos, cuando la gente comienza, en su neurosis, a jugar en las manos con los teléfonos celulares. Es como el anuncio más moderno pero de igual rango urbano, del que se dispone a mascar chicles. Asombra la cantidad de gente que ignora cómo aprovechar el tiempo con una buena lectura o por la vitalidad del silencio reflexivo.
Llevaba horas en…
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Publicado el diciembre 12, 2008 a las 7:30pm 2 comentarios
El aire traía murmullos de agujas de pinos vibrando en la noche callada. El disco plateado se filtraba entre las ramas ralas, bañando con su luz las formas de mármol, y era tan clara que hasta se leían algunas inscripciones. Un suave perfume a flores muertas se posaba en la hierba brillante de rocío. El grillo entonaba su canción de una nota. Sólo el chistido de la lechuza rompía a veces el silencio. Podía decirse que todo dormía en el lugar. Hasta era posible que alguien muy atento escuchase el…
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Publicado el octubre 19, 2008 a las 9:30pm 4 comentarios
DAFNE Y APOLO
Quien se burla del amor tienta su suerte. Apolo se burló de Cupido, y éste extrajo de su carcaj dos flechas. Una, la que provocaba el amor y tenía punta de oro, el pequeño dios la lanzó contra Apolo. La otra, la que inspiraba el rechazo y tenía punta de plomo, se la arrojó a Dafne. Dafne era una ninfa cazadora consagrada a Artemisa que rechazaba cualquier tipo de amor masculino y no deseaba casarse. Pero Apolo amó desoladamente a este esquivo símbolo de la castidad y la persiguió…
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Publicado el septiembre 15, 2008 a las 1:06am 10 comentarios