Con el tiempo me convertí en la jovencita de los pensamientos amarillos... Al menos ella sonreía cuando me veía llegar con un gran ramo. Ya no recordaba ni quien era ella misma y se paraba cada día frente al espejo para hablar un rato con la mujer de bata blanca y cabello plateado que saludaba desde el otro lado.
Su mirada reflejaba la tristeza de quien lucha contra sus propios recuerdos, unos recuerdos escondidos detrás de una puerta cerrada cuya llave se ha perdido.
Conforme pasaron los años su despiste dio paso a un olvido crónico y yo dejé de ser María, su nieta, para convertirme en esa desconocida de siempre que le regalaba pensamientos amarillos cada viernes.
Recuerdo la última vez que la vi, algo en aquella mirada había cambiado, la luz volvía a brillar en sus ojos marrones después de tanto tiempo. Le entregué los pensamientos como siempre y la besé en la frente. “María te quiero” me dijo y ese viernes los pensamientos, amarillos como sus recuerdos, se marchitaron para siempre en aquel viejo jarrón.
Belén (Dic. 2007)
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