CONSECUENTES

DAR RIENDA SUELTA A LA IMAGINACIÓN

NOTA: Una vez más (y van demasiadas), pido disculpas por mi poca presencia en BE. El tiempo, siempre el tiempo, es mi peor enemigo. Mucho trabajo, y escaso tiempo libre para tantas cosas como quiero hacer. Gracias a todos por vuestras visitas y los comentarios acerca del premio recientemente recibido, significan mucho aunque no pueda decíroslo cuando quisiera. Gracias.
Y ahora, inicio aquí un relato largo, también disponible en mi blog privado Tierra de Bardos. Hace ya un tiempo desde que escribí esta historia, muy en el estilo de la novela negra, y más concretamente en el ambiente típico del gran cómic Sin City (también película). Un experimento para alejarse por una vez de la fantasía y la ciencia ficción. Espero que os guste la primera entrega.
***

LA CIUDAD DE LOS MONSTRUOS

La ciudad…
De día, aunque jamás se la podrá tildar de luminosa, muestra una de sus caras: el tráfico, insoportable algarabía de cláxones, frenazos e insultos nacidos del estrés cotidiano; la marea de gente deambulando por las aceras, tropezando, sumidos en sus problemas, ajenos a nada más que sus propias y limitadas vidas; mendigos viendo pasar, como dice la canción, un día más en el paraíso; artistas callejeros tornando pintoresco el paisaje, amenizando en ocasiones, escandalizando en otras…
Pero cae la noche, y todo cambia. El tráfico se acalla, las sirenas de los polis deciden que es mejor hacer mutis, que una vez el cielo se torna oscuro ya no pintan nada; la gente, como criaturas que necesitasen la luz del sol, desaparece para perderse en sus secretos, sean éstos lícitos o no; los mendigos buscan sus portales, sus húmedos y fríos callejones, o sus parques, y se “abrigan” con parcas mantas de cartón, buscando el lujo del calor; los artistas marchan y dejan paso a nuevos géneros de habilidosos individuos: rateros inmisericordes, putas- algunas bellas criaturas en flor, otras pasas arrugadas tratando de aparentar una juventud a base de capas de exagerado maquillaje- y otros elementos aún más indeseables.
En los velados callejones el límite de la ley se emborrona y al fin desaparece, para solaz de la fauna y las sensaciones nocturnas: los traficantes y sus hambrientos clientes… un chulo golpeando a su prostituta… bandas callejeras rivales ocupándose de su territorio, y que a veces no saben cuándo parar… el borracho de ojos entumecidos vomitando… el yonki chutándose… un cuerpo que se retuerce sobre su propia sangre… el poli llenando sus bolsillos a cambio de mirar hacia otro lado… el olor a pólvora… el brillo de una navaja… el acre del vaho de las alcantarillas… el frío del cortante noviembre introduciéndose insidioso hasta los pulmones… el silencio traicionero que antecede a la desgracia… el miedo suspendido en el ambiente, como un sutil perfume de aroma alcalino, siempre presente, siempre lacerando la entereza de quienes lo escuchan.
La ciudad, sí, nido de corrupción, un auténtico estercolero que no acepta un no por respuesta. O te sometes o acaba contigo.
La ciudad.
Una ciudad de monstruos.
Me alegra haber vuelto a casa.

***

Hay que tener cojones para transitar por las desoladas calles de la ciudad una vez se pone el sol. Pocos en su sano juicio desafían ese cauteloso toque de queda que impone el sentido común. Pocos, excepto los monstruos, quienes aterrorizan.
Yo debo ser, por tanto, uno de ellos. El miedo no va con Gregg Wingarth, he visto demasiados horrores para que nada me afecte. Una vez fui un ingenuo policía, hace una eternidad- o al menos me lo parece-, unos quince años. En esa inocencia instalada en los recién cumplidos veinte creí que podía cambiar lo que veía, que mis actos servirían para mejorar este estercolero de corrupción. Como agente de asalto en disturbios todo parecía sencillo: entrar, contener y sofocar. Dabas unos cuantos palos, desalojabas un par de picaderos de yonkis y te ibas a casa con la mente henchida de orgullo y creyéndote todo un estúpido héroe.
Pero claro, los yonkis nunca acabaron, y no lo harían mientras hubiera traficantes que les suministraran su mierda. El crimen seguía a la alza, y nada de cuanto hacías servía en una ciudad en donde bastaba con un maletín lleno de pasta para sobornar al poli más honrado o al juez más valiente. Y donde el dinero fallaba aparecía una bala, un cuchillo, o una bomba.
Dos años después de entrar en el cuerpo fui traspasado a homicidios, y de nuevo volví a creer que tenía la posibilidad de hacer algo. En los cuatro años que fui detective detuve a más de 60 asesinos y violadores, todo un record que aún no me ha arrebatado ninguno de los polis flojeras que hay en la actualidad. Sin embargo, el precio, para mí, fue terriblemente alto. Vi cosas horribles, asesinatos que harían vomitar a otros asesinos: cuerpos desmembrados, niñas brutalmente violadas en la oscuridad de un callejón, familias enteras muertas por la demencia de un psicótico…
La despreocupación de los primeros días en el cuerpo de asalto se transmutó en una agonía constante, en un veneno que arrasaba mi alma ante tanta mierda. Mi vida se convirtió en un desierto gris, en una sucesión de casos aberrantes que fueron mermando mi cordura. Fue en aquellos días cuando comencé a sentir aquel fuego en mi interior. Pude contener la naciente ira refugiándome en la bebida, pero aquella afición me convirtió en un tío cada vez más huraño y antisociable. Los pocos amigos que tenía fueron poco a poco dándome la espalda. Al final me quedé solo, ni mi propia prometida pudo soportar al borracho en el que me había convertido. No la culpo, es lo mejor que pudo hacer, habida cuenta de que era un caso perdido tratar de enderezarme. Después de eso hubo muchas chicas- uno tiene sus necesidades-, prácticamente una cada noche, pero no eran especialmente aconsejables para proyectar una típica vida feliz en familia.
Ciertamente, tampoco aquella ciudad era recomendable para ello.
Al final me perdió una de esas mujeres. La muy zorra logró embaucarme en sus redes de seducción. Caí de cabeza. Joder, cualquiera lo hubiera hecho, la tía era pura dinamita. ¿Quién iba a imaginar que la maldita perra fuera la amante preferida- y exclusiva hasta el momento en que yo la cagué- de uno de los políticos más influyentes- y corrupto- de la ciudad, candidato para más colmo al congreso?
Perra suerte la mía, tendría que haberme acordado de lo que decía mi viejo: “Chico, si dejas que tu polla piense por ti estás bien jodido”. ¿Por qué nunca hacemos caso a lo que dicen los más viejos?
Como no podía ser de otro modo, el pastel se descubrió, y el político- Vincent Stockell, que asco me produce pensar en ese nombre- clamó venganza secreta contra el idiota que se había atrevido a tocar su “mercancía”. Que hubiera desbaratado sin saberlo alguno de sus poco claros negocios privados- sin embargo indemostrables- debió ser un aliciente más para ir a por mí. Y es que quizás sea un monstruo, quizás haya hecho cosas que aún me producen pesadillas, pero no me vendo y nunca lo haré. No dejaré que nadie se convierta en mi dueño, y menos con dinero teñido de sangre.
Debo admitir que el muy cabrón organizó un buen tinglado. Mató a la puta infiel, pero lo peor para mí fue que logró arreglarlo para que yo quedara como el asesino. El resto lo imagino, sé demasiado bien cómo funcionan las cosas en esta ciudad: el tío, actuando por medio de sus “encargados”, untó a jueces, polis y abogados para que mi condena fuera ejemplar, y vaya si lo fue: nueve años, cumplidos íntegramente, sin la más mínima reducción por buen comportamiento.
La vida en la cárcel, puedo asegurarlo, acabó de curtirme. Es lo normal cuando uno lucha por seguir vivo cada uno de los días. Imagináoslo, un poli en la trena, uno además que había encerrado a muchos de los que allí estaban. Una tentación, una perita en dulce imposible de rechazar. Esa ira que el alcohol había logrado apaciguar estalló una vez se cerró el grifo. Como dijo alguien, para sobrevivir a los monstruos tienes que convertirte en uno de ellos.
Y yo fui el peor de todos.
A pesar de todo, realmente fue un milagro que sobreviviera, y que mi único recuerdo físico de aquellos días fuera la profunda cicatriz que adorna mi rostro en diagonal. Intentaron rajarme tantas veces que perdí la cuenta, pero sólo en esa ocasión se acercaron a mí lo suficiente para rozarme. Sobra decir que el autor de la cicatriz no sobrevivió mucho tiempo.
Sea como sea, al fin he vuelto. Mi condena ha acabado, ni siquiera el ahora congresista Stockell puede revocar mi liberación.
Sin embargo, me da que tratará de hacer algo al respecto.

Etiquetas: negra, novela, relato

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