CONSECUENTES

DAR RIENDA SUELTA A LA IMAGINACIÓN

En ese momento, llegaba Eneko junto a los demás y contó lo sucedido. Antes de que acabara de relatar el momento en el cual, acorralados, Fausto le había instado a reunirse con los suyos, Alicia salió corriendo hacia la playa. Mosak, que la había acompañado en todo momento, la detuvo obstruyéndole el camino y se arrodilló para que subiera a él. Entonces, el equino alado se alzó hacia el cielo y voló hcia la playa. Desde las alturas vio un charco de sangre enorme y varios cuerpos mutilados. Cerca de éste, vio otro más pequeño en cuyo centro estaba Fausto tendido con una de las cuchillas de la bestia hundida en el abdomen. Aquel monstruo estaba arrodillado frente a él, con la cabeza gacha. Desde el cielo, Alicia gritó y su dolor llegó a oídos del escorpión, que levantó la vista y cruzó la mirada con la de Alicia. Aquellos ojos reflejaban un dolor muy profundo. ¿Cómo podía ser? ¿Acaso aquella bestia tenía sentimientos? Mosak dudó a la hora de descender, pero Alicia le apremió a que tomara tierra cuanto antes. Aterrizó frente al cuerpo de su amado. Leandro no hizo movimiento alguno cuando la muchacha se apeó de su montura y corrió hacia Fausto. Alicia, sin miedo a la bestia, pasó una mano al chico por debajo de la nuca y levantó unos centímetros su cabeza. Aún respiraba. Leandro, entonces, se apartó y extrajo la hoja ensangrentada del cuerpo de su víctima. Luego, cayó hacia atrás y permaneció sentado con esa mirada melancólica y triste observando la escena. Fausto aún estaba vivo. Alicia puso sus manos sobre la herida y presionó hasta que una luz brotó de ella. Leandro se levantó hundido y se lanzó al mar. Lo que le había sucedido al líder militar era algo que dejó consternada a Alicia y a todos los demás cuando luego contó lo sucedido. Nadie supo qué opinar al respecto. Desde que se lanzó a las aguas, nadie más supo jamás de su destino. No volvieron a verlo ni se cruzó de nuevo en sus vidas. Aquella bestia había desaparecido para siempre. Sólo él conocía los motivos de su propio dolor. Durante años, había tratado de enmendar un mundo destruido por unas mentes que consideraba enfermas, producto de la escoria que habitaba desde hacía mucho el planeta. Su padre había alimentado con ansias el odio hacia todo lo que consideraba una amenaza a la raza pura, a la que, por supuesto, ellos pertenecían. La figura de su padre siempre fue un referente para Leandro. Siempre vio en él un ejemplo a seguir. Ya fuera por su temple, su dureza, su responsabilidad o su orgullo patriótico, acabó siendo un militar respetado y con ambiciones sublimes. Quería limpiar el país de la inmundicia racial que venía de todas partes. Con la llegada del caos y las bestias, esa ambición creció y se extendió hacia el exterminio de una nueva plaga que, evidentemente, no podía proceder de otro sitio que de aquellos que venía persiguiendo durante años. Los países se unieron para crear un ejército mundial y Leandro era uno de los máximos exponentes. Su lucha trascendió fronteras y, mientras los ciudadanos se escondían bajo tierra, él se dedicó a perseguir a los monstruos y otras criaturas inferiores que aún quedaban pululando por su planeta. Fue así que, gracias a sus constantes intromisiones en las casas ajenas, descubrió los papeles de un importante descubrimiento que apuntaba, efectivamente, que esas criaturas tenían un origen físico. Así halló la casa de Fausto y al propio sujeto. Era de la calaña que más odiaba. Cuando lo encontró, se vio cara a cara con un tipo desgreñado. Trató de averiguar lo que sabía por las buenas, empleando a Gabriela para ello, pero no fue suficiente y tuvo que emplear la fuerza bruta. Aún así, tuvo la desfachatez de mentirle y decirle que él no sabía nada. Su rabia, esa que de vez en cuando le descontrolaba y le hacía perder la razón, luchaba por no salir delante de sus hombres. Pudo contenerse y, días después, cuando escapó, se arrepintió de no haberle reventado la cabeza a puntapiés. Luego le costó mucho dar con su paradero. Una vez dio con él y los suyos y llegó a la isla, sus hombres cayeron y él se quedó solo. Su odio aumentó hasta el punto de explotar, pues es lo que sintió en ese instante, y su piel se desprendió de su cuerpo y comenzó a crecer. Luego los monstruos que crecieron de él como hijos de la carne. Aquello le desbordó, pero ya estaba inmerso en su ira, odio en estado puro. Perdió todo control sobre sí mismo y lanzó sus bestias a una carnicería sin parangón, destrozando todo lo que se ponía por delante. Luego descubrió a Fausto y éste trató de frenarle con sus criaturas. Finalmente, quedaron los dos solos. Su amigo había salido corriendo. Era trabajo fácil. Por fin lo tenía bajo su poder. Entonces alzó sus garras y una de sus cuchillas se hundió en la carne del muchacho. En ese instante, no antes ni después, sino ahí, la conciencia vino a él y la voz de su cabeza acabó consumida por la oscuridad de su corazón. Percibió su alrededor y se vio a sí mismo. Aquel brazo monstruoso que atravesaba a Fausto era el suyo. ¡Dios mío!, pensó. ¡Soy tan monstruo como ellos! ¡No soy mejor que él! Aquel pensamiento le embargó los sentidos y le llenó de tristeza. Todo por lo que había luchado, toda su vida, ahora se venía abajo al descubrirse como ellos o aún peor. Sus bestias, habían nacido de él como hijos de la guerra, hambrientos de carne ajena. Eran parte de él, de lo que él era y sentía. Toda la escoria que había exterminado, insultado o apaleado, no eran peores que Leandro y ahora se daba cuenta. El odio que llevaba dentro de sí había estallado dando vida a lo que ahora era. Su don había estado reprimido durante todos estos años. Se miró las manos, músculos descubiertos, venas y tendones. ¿Qué había hecho? En ese trance, un grito desgarrador le devoró el alma desde el cielo y alzó la vista. Sus ojos húmedos, jamás expuestos al llanto, querían dejar salir aquel torrente y limpiar así su maldad, pero no podían. La chica descendió frente a él y fue presta a socorrer a Fausto. Él levantó la mano y extrajo la cuchilla. La luz brotó de las manos de la muchacha y él se lanzó al océano, con la vana intención de que el agua limpiase sus pecados y lavase su conciencia. Su cuerpo, al contacto con el agua salada, se estremeció de escozor. Era como si él mismo fuese una gran herida embadurnada en sal. Apretó los dientes y nadó con furia. Era poca penitencia para todo el daño que había causado. Él era el auténtico “Mal del Mundo” y, por eso, se decía, debía desaparecer. Nadie más sabría de él. Ya no se veía la isla tras él. Si Fausto vivía o moría, sería una incógnita que se llevaría consigo a la tumba. Viviría con aquel enigma durante lo que le quedara de vida. Centró su mente en nadar y se perdió en el horizonte en busca de redención.

Cuando Leandro se marchó, Alicia lloró sin descanso mientras aplicaba las manos sobre el cuerpo inconsciente de su amado. La luz vino a ella, pero sentía que la vida del muchacho se le escapaba entre los dedos. No era suficiente. Pensó en Damián y en sí quizá él podría hacer algo. Clamó al cielo una solución insistiendo con sus manos sobre el abdomen sajado de Fausto. Su súplica pareció obtener respuesta y vio a Layla aparecer a lomos de Mosak. Había estado tan pendiente de la vida de Fausto que no había visto a su amigo emprender de nuevo el vuelo en busca de ayuda. Layla, descendió de un salto de lomos de Mosak y corrió hacia Alicia mientras se remangaba. Los brazos de Layla quedaron al descubierto y Alicia quedó maravillada ante aquellas marcas negras que se dibujaban sobre su piel. Una vez junto al cuerpo tendido, se miraron y Layla puso sus manos sobre las de Alicia. La luz creció rápidamente. La intensidad hizo que ambas desviasen los ojos del foco azul pálido que se abría hacia el cielo. Segundos después, cesó el brillo y sintieron bajo las manos el estertor de un cuerpo vivo que reaccionaba con un espasmo. Fausto abrió los ojos y sonrió a ambas chicas. Alicia se inclinó y le besó los labios, salando su boca con las lágrimas que aún recorrían sus mejillas. El chico miró a su alrededor confuso. ¿Dónde estaba aquel monstruo? Más tarde, Alicia le contaría cómo, abatido, se echó a nadar hacia las profundidades de aquel mar cristalino. Layla abrazó a su vez a los chicos y celebraron aquel triunfo con expresión de alivio y felicidad.

Etiquetas: ciencia, fantasía, ficción, relatos

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