Amigos míos o desconocidos casuales que habéis dado conmigo y esta historia, he de decir que ya llega a su fin y, para ello, os dejo aquí los dos últimos capítulos. No querría poner más a prueba la paciencia de aquellos que habéis seguido a Fausto y los suyos hasta este lugar. Espero que el final sea tan digno como esperabais y lo disfrutéis. No me extenderé más en mi palabrería, me perderé un tiempo y desvaneceré hasta la próxima experiencia que nos una, de este o del otro lado. Bueno, que nos vemos prontito, espero. Un fuerte abrazo y besos a quien corresponda.
EL LIBRO DE LA VIDA (VII)
El júbilo que giró en torno a Fausto fue apoteósico. Jamás esperarían haberlo visto de nuevo con vida. La última vez que le vieron, hacía poco más de una hora, estaba a punto de enfrentarse a una monstruosa criatura llena de odio, obsesionada con la muerte del chico. Ahora, irradiaba felicidad y una vitalidad que casi ofrecían de él la visión de un loco. Todos celebraron su vuelta antes de preguntar por el resultado de la lucha, que daban por hecho había ganado Fausto. De ese modo, lo recibieron eufóricos. Luego, más serenos, pidieron explicaciones al muchacho y éste les narró cuanto él podía intuir. Entre él y Alicia, ofrecieron al resto los pocos datos de los que disponían. Fausto estuvo al borde de la muerte. “El escorpión” había hundido su aguijón en el cuerpo del chico y lo había dejado inconsciente sobre la arena. Luego se fue, llegó Alicia y se fue. Y a continuación la luz, vio como un brillo cegador se posaba sobre él y su herida se cerraba y recuperaba la salud. Vio a Layla que apoyaba sus manos sobre las de Alicia y ambas ponían todo su empeño en salvarle. Y también vio a Damián tan sonriente como él siempre lo había conocido. Ante este último dato, Alicia y Layla se miraron absortas pero no trataron de corregirle, pues creyeron que las alucinaciones eran algo propio del que ha perdido mucha sangre y está más cerca de la muerte que de la vida. Sin embargo, Fausto insistió y Alicia se vio forzada a desmentir su ilusión.
- Fausto, Damián no estuvo allí. – Dijo serenamente. – Lo habrás soñado. Tal vez... mientras estabas inconsciente...
- Pero... yo lo vi... – Perdió la mirada en el infinito y alzó el brazo hacia delante. – Justo delante de mí. Vosotras estabais allí. ¿No lo visteis? – Las dos chicas se miraron y negaron al tiempo. Ellas no habían visto nada. Fausto deliraba. – Estaba en frente de mí, justo ahí... – sin dejar de señalar. – Como ahora, ¿acaso no lo veis? – Todos se giraron siguiendo el brazo de Fausto y se encontraron con la amplia sonrisa de un anciano de pelo largo y abundante barba.
- Hola, chicos... – Dijo Damián alzando la mano y agitándola en un saludo.
Quienes ya conocían a Damián lo recibieron con cariño y quienes aún no tenían el placer de haberlo visto más que en sus sueños o como un susurro en la noche de sus pensamientos, lo hicieron con sorpresa y estupefacción. Aquel anciano era real. Ismael se acercó a él y lo tocó, como si no acabara de creer lo que tenía delante de sí.
- Sí, Ismael, estoy aquí. – Sonrió y palmeó su hombro. – No me has creado tú.
- Vaya... – se maravilló el albino.
Los demás le imitaron y se acercaron a Damián para tocarlo, darle la mano o abrazarlo. Era el vínculo que principalmente les unía a todos. En ese instante lo supieron. Damián era, siempre había sido, la razón por la que todos estaban allí, el nexo que unía sus destinos en un único camino que debían recorrer juntos. Después del encuentro, con el gozo respirándose en cada rincón, sabiéndose a salvo de cualquier enemigo ya, Damián invitó a los presentes a sentarse alrededor de una hoguera y confesó que su visita no era casual. Tenía que hablarles de algo. Llegar hasta allí no había sido más que el principio del largo camino que les esperaba por delante. Su misión no había hecho más que empezar. Una vez todos dispuestos y en silencio, rodeados por cada una de las criaturas supervivientes de la isla, Damián comenzó su relato.
- Lo que os voy a contar ahora, nadie más lo sabe. Sois los únicos testigos del cambio que ha sufrido el planeta Tierra en nuestra era y del origen de lo que está por venir. Otros mundos ya pasaron por esta transición en el Universo. – El rostro de muchos de los presentes se iluminó con creciente sorpresa. – Sí, así es. No sois los únicos seres vivos del Universo. Hasta ahora apenas se han pronunciado por miedo a vuestra reacción y creo que era una decisión acertada permanecer rezagados hasta que llegase el momento oportuno. En ese tiempo, han investigado vuestras costumbres, vuestra flora y fauna, vuestro clima, vuestra cultura, a vosotros mismos y cada combinación de vuestro mapa genético. Pero eso no es lo que nos incumbe ahora. Creo que debería empezar por el principio. – Tragó saliva, carraspeó y sonrió a los expectantes muchachos que ansiaban una continuación de la historia. – Lo que os voy a decir quizá os sorprenda más que lo que ya os he contado. Fausto, Eneko... a vosotros sobre todo os va a resultar difícil de creer, pero es mi deber decíroslo y el vuestro desahogar el peso de vuestra conciencia y liberar la carga que lleváis sobre el corazón y el alma. No sois vosotros los artífices del “Mal del Mundo”, no creasteis vosotros a las bestias que asolaron el planeta. – Los chicos miraron incrédulos al anciano esperando una explicación. – Ya visteis lo que le sucedió a Leandro. Su caso era algo extremo. El odio que contenía y que llevaba reprimiendo por tanto tiempo había acabado por reventar y su don se había manifestado de la manera más abominable posible.
- ¿Su don? – Dijo Fausto torciendo el gesto.
- Así es, Fausto. Leandro tenía el mismo poder que vosotros. Lo llevaba reprimiendo durante demasiado tiempo. Al liberarlo, éste le poseyó y el mal que llevaba creciendo en su interior le consumió y transformó en lo que visteis. Al igual que él, las gentes de este planeta crearon sus propios horrores sin ellos saberlo. Sus demonios cobraron vida y sus miedos más profundos se hicieron realidad. El planeta está pasando por un estado en el cual las dimensiones se entremezclan y el pensamiento pesa más de lo que solía. Ya metafísicos, filósofos y sabios maestros hablaron en tiempos antiguos del poder del pensamiento sobre las condiciones que envuelven al ser humano. Un solo pensamiento puede generar un cambio visible alrededor capaz de expandirse de una persona a otra. La energía que genera esa idea es contagiosa y pasa de una mente a otra, invadiendo de ese estado todo cuanto toca. Si crees, creas. Ese es el dogma. Antes era más sutil, pero ahora... ahora, sin querer, los cambios dimensionales han provocado que cualquier pensamiento se materialice con mayor facilidad. Los seres humanos, contaminados por sus impurezas y ambiciones, por sus temores cada vez más anclados en sí mismos, crearon los monstruos que acabaron con sus propias vidas. Por otra parte, esas criaturas no atacaron a todo ser viviente de forma indiscriminada. Su instinto le llevaban a limpiar la naturaleza impía de aquellos hombres podridos por dentro. No cayó un solo hombre bueno bajo el yugo de las bestias. Aquel que dejó este mundo lo hizo porque ya no tenía cabida en él. En el salto dimensional que se avecina, no todos pueden cohabitar y muchos han debido dejar este mundo, aún de esa cruel manera, por no estar preparados para el futuro. Ellos renacerán en nuevos horizontes y allí alcanzarán su aprendizaje. Aquí quedaron quienes están preparados para afrontar el salto. Vosotros entre ellos. Dos tercios han perecido bajo las criaturas. Criaturas que ya han dejado de existir al morir las mentes que las crearon. Ahora os mostraré algo... – Damián señaló a Alicia. – Cariño, dame la hoja que te regaló Fausto. – Alicia dudó, era la página en la que Fausto había creado a Mosak, su regalo. Sin embargo, se levantó y desapareció unos minutos. Cuando volvió llevaba en una de sus manos un papel amarillento. Alargó la mano y lo ofreció al anciano.
- Aquí tienes... – dijo tímidamente.
- Ven aquí, Mosak. – El animal obedeció dócilmente y se situó frente a Damián. Entonces colocó la hoja frente al animal y la cogió con ambas manos. Luego la partió en dos. Alicia se levantó llevándose una mano al corazón. Temió por la vida de su amigo. No obstante, Mosak no desapareció. Damián siguió despedazando el papel y el animal seguía allí.
- Pero... yo creía que... – Se adelantó Fausto boquiabierto.
- Y creías bien, Fausto. – Dijo Damián. – Tú creaste a Mosak y a algunos de los aquí presentes. A otros los destruiste en el fuego. Pero no todas las criaturas que alguien crea pueden destruirse con la misma facilidad. Llega un momento en que esos seres adquieren conciencia propia y son capaces de ejercer su propia voluntad. Adquieren libre albedrío. Mientras lo usan adecuadamente, sus vidas no corren peligro. Tienen un tiempo, no obstante, en el cual aún se encuentran habituándose a nuestro mundo y siguen las directrices que su creador ha establecido para ellos. No todas están escritas o dibujadas o pensadas, pero se van forjando sobre la marcha. Es como si crearais un armazón externo y, automáticamente, una vez forjado, se fuera llenando por sí solo de una maquinaria interior que provoca y conduce todas sus constantes vitales. Sus órganos se conforman y comienzan a funcionar de forma autómata. Lo último que adquieren es la conciencia y de ella se valen siguiendo la imagen de su creador. Por eso, aquellos que crearon inconscientemente sus criaturas y albergaban el mal dentro, transmitieron esto a sus propios seres haciendo de ellos monstruos voraces. Todas esas criaturas y sus creadores han perecido. El último de los creadores nocivos era Leandro. No ha muerto... – se quedó pensativo y mesó su barba. – pero no volverá a molestar. Ha comprendido su lugar en el mundo.
- Si todo ha acabado ya... – preguntó Ismael ingenuo. - ¿Por qué no sale todo el mundo al exterior? – Los muchachos miraron a Ismael y luego dirigieron la mirada hacia Damián esperando respuesta.
- Bueno... digamos que aún no lo saben. – Sonrió. – Aún creen que los monstruos están esperando en el exterior para devorarles. Pero no es así. Y de eso, precisamente os vais a encargar vosotros. De dar a conocer los tiempos venideros.
- ¿Nosotros? – Dijeron en su mayoría al mismo tiempo. – Pero, ¿cómo?
- Ya sabéis cómo. – Sentenció sin dejar de sonreír. – No es necesario que yo os organice. Habéis llegado hasta aquí sin que yo os lo dijera, ¿no? Temí por vuestras vidas cuando Olaf os traicionó en su resurrección, pero miraos. Aquí estáis.
- ¿Sabías lo de Olaf? – Dijo Eneko.
- Claro, pero no podía entrometerme. Espero que entendáis... – Se encogió de hombros. – Libre albedrío... ya sabéis.
- ¿Y ahora qué? – Dijo Fausto.
- Ahora toca empezar de nuevo. Es vuestra oportunidad de enmendar el caos y hacer de este un mundo mejor. – El anciano se levantó y dio la espalda a los chicos. – Ya nos veremos.
- Pero... ¡Damián! – Fausto se levantó de un salto para seguir al anciano, pero este ya se había evaporado tras la maleza y no había rastro de él. – Se ha ido... – dijo en voz baja. Se resignó a este tipo de comportamiento tan impreciso.
EL LIBRO DE LA VIDA (VIII)
Después de la marcha de Damián y su revelación, los muchachos pasaron dos días deliberando acerca de la manera en que debían proceder ahora. Erigieron a Fausto como líder indiscutible del grupo y siguieron sus consejos pues, al parecer, tenía la virtud de hilar las ideas en consonancia con el pensamiento del anciano. Su voz interior les condujo hacia lo que debían hacer a partir de ahora. Lo tenía claro y cada uno de los allí presentes apoyó la revelación de Fausto. De aquel día en adelante, Fausto y Eneko se ocuparían de escribir un libro. Ese libro contendría el mundo tal y cómo debía ser en adelante. Limarían las impurezas del mundo anterior, extirparían sus males e implantarían una civilización libre de contaminantes físicos y morales. En sus manos estaba crear una utopía a partir de los restos que habían quedado. Así, Fausto escribiría cada palabra con delicadeza recreando y restaurando cada rincón del planeta. Eneko se ocuparía de apoyar esas mágicas letras con sus dibujos y entre ambos conformarían el magnífico ejemplar. Para ello debían valerse también del poder de Ismael. Él sería quien los trasladase por todo el mundo para ver en qué estado habían quedado las ciudades, los pueblos y cada metro cuadrado. Era una tarea que les llevaría mucho tiempo, pero ahora, eso era algo de lo que disponían. Layla y Alicia, se ocuparían de llevar el mensaje del nuevo mundo a cada lugar por recóndito que fuese, anunciando a los humanos escondidos del nuevo orden y los cambios que se llevarían a cabo. Les informarían del peligro que ya no existía y animarían a ayudar en la reconstrucción del planeta. Los once amigos de Layla y Anita, la hermana de Fausto, ayudarían en su cometido a las chicas dadoras de vida que, además, restablecerían la salud de aquellos enfermos por las condiciones insalubres del inframundo.
Fue una tarea que llevó años acabar, pero mereció la pena. Jamás los gobiernos en ninguno de los países se estableció como hasta entonces. Aquellos que se erigían como dirigentes mediadores del pueblo, mantenían entre ellos una conexión basada en el bien común y se trataban como miembros de una misma nación. Las gentes salieron de las oscuras profundidades y aprendieron a convivir con las nuevas criaturas que, habían descubierto, no eran dañinas ni pretendían hacerles mal alguno. Fausto y Eneko dieron por concluido el libro en doce tomos. Cada uno de ellos fue ubicado en una parte del planeta y velado por cada uno de los amigos de Layla. Así surgieron los “Guardianes del Libro”. El duodécimo ejemplar quedó a cargo de Anita. De entre los doce volúmenes, Fausto y Eneko tomaron el comienzo y el final y cada uno guardó una parte. Así se preservó la magia de aquel libro por los años que habían de venir. La vida bulló de nuevo en la superficie y la nueva era trajo consigo grandes cambios en los que se vieron implicadas otras razas del Universo que se manifestaron sin temor ante los humanos. Ismael se convirtió en el primer viajero de las estrellas y se animó a descubrir otros mundos junto con Layla. Los años pasaron rápido en aquel proceso de reconstrucción y los guardianes fueron dejando sucesores, en la mayoría de los casos sus propios hijos. Fausto y Alicia, cuando vieron que su misión estaba cumplida, marcharon de nuevo hacia la isla y allí acabaron sus días, en el mismo lugar donde su Amor había comenzado. El planeta nunca volvió a ser el mismo y, durante los años siguientes, al “Mal del Mundo”, prevalecieron las enseñanzas y la sabiduría que se mostraba en aquel libro desperdigado por todo el mundo, a salvo de las posibles maldades que pudieran surgir. Del “Libro de la Vida” se hicieron millones de copias y cada persona tenía uno en su hogar. Aquello les permitía recordar el pasado y conocer el presente. Era una manera de no olvidar.
Poco antes de morir, con más de un centenar de años, Fausto y Alicia tenían a sus espaldas varias generaciones que seguían sus pasos con la misma bondad con la que ellos crearon el nuevo mundo y en posesión de sus mismos poderes, el de la creación y la vida misma. En su lecho de muerte vino Damián a llevárselos con el mismo aspecto de la primera vez que lo vieron. Sus barbas blancas, su pelo lacio canoso y su inmensa sonrisa. Se acercó a ellos y les tomó de las manos. Entonces les ayudó a abandonar la vida y los condujo hacia una inmensa luz. Nadie jamás olvidaría a la pareja que instauró la paz y la libertad e hizo recordar al mundo una razón de peso para seguir existiendo en busca de una felicidad posible. Una luz se tragó a la pareja y el anciano les dedicó una última sonrisa. Sus almas se encaminaron hacia el siguiente eslabón del Universo. La luz lo inundó todo con su brillo. Nadie lamentó su marcha, pues hasta el más pequeño de los humanos sabía que aquel no era el final, sino el principio.
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