- Se puede hablar bien una lengua. Pero ¿para decir qué?
Nada más insustancial y torpe que las conversaciones que se oyen en las salas de espera de los aeropuertos, cuando la gente comienza, en su neurosis, a jugar en las manos con los teléfonos celulares. Es como el anuncio más moderno pero de igual rango urbano, del que se dispone a mascar chicles. Asombra la cantidad de gente que ignora cómo aprovechar el tiempo con una buena lectura o por la vitalidad del silencio reflexivo.
Llevaba horas en una de aquellas salas del aeropuerto. La crisis económica y financiera que alcanza a tantos países, había dejado todavía a salvo a tres jóvenes españoles ( una mera casualidad, podrían haber sido de otro país de habla hispana) que ponían al alcance de todo el mundo las vulgaridades que estaban dispuestos a decirse con personas del otro lado del planeta. Llamaban a Europa a raíz de la invención, sin duda genial, de los teléfonos celulares que deben haber ardido con el uso despiadado. Ardían los oídos, más interesados en otros asuntos, de quienes compartían el mismo cubículo del aeropuerto. Y arderán, al final de todo, los bolsillos de quienes terminen pagando las cuentas de las compañías telefónicas.
Se puede encadenar el artículo al verbo y éste, al predicado, pero esos jóvenes ejecutivos que andan, con mucha resolución y poca reflexión, por este mundo globalizado... ¿No serían especimenes de la casta que, desde los grandes centros financieros y sus mesas de dinero, han hecho temblar al mundo con su cuota de tonterías y desenfrenos?
Resistí la tentación. Había imaginado alguna ocurrencia para determinar que alguien está en las antípodas de lo que ellos suponen.
En otras caras atribuladas creí percibir elucubraciones por el estilo, mientras en mis manos daba vueltas a una agenda de apuntes de comentarios y debates en homenaje a Mario Vargas Llosa. Entre otras cosas leí algunos nombres reconocibles de la política y de la literatura, de Europa o de América. Habían hablado en ámbitos diferentes sobre temas múltiples, desde el arte de gobernar al arte de la novela y de la crítica. ¿Por qué no pedir un breve silencio, pensé, y suscitar una tertulia en la que rodaran ideas como las que siguen? Así, entre todos, podríamos barrer la polución auditiva, que daña y nada construye:
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