
El joven caminaba con paso rápido y observando nerviosamente a su alrededor, su figura alta carecía de gracia y elegancia, denotando un crecimiento repentino que no le había permitido lograr el dominio de su cuerpo. En sus ojos grandes se podía leer su alma: inquieta, insegura y con un dejo de melancolía. Al divisar la plazoleta aminoró el paso, llegó y se sentó con aire distraido, disimulando miró su reloj aun faltaba más de una hora para que anochezca, mientras observaba al grupo de niños que jugaban al fútbol sus pensamientos fueron alejándolo de la realidad. Los recuerdos lo invadían y aunque él no quería pensar no pudo evitarlos, el tiempo había pasado vertiginósamente y los acontecimientos habian atropellado su realidad descolocándolo, desorientándolo, haciendolo trizas, y ahora se encontraba atrapado en una maraña de la que no podía salir, ¿Cuál sería el camino para salir de este laberinto? ¿Cuándo habia comenzado todo?
Su memoria lo remontaba a dos años atrás, su padre habia quedado sin trabajo, el frágil equilibrio del hogar se quebró en mil pedazos, sus padres se separaron después de agrias discusiones que mantenían en vilo a toda la familia, sus hermanos menores volvieron al interior con su madre a vivir en casa de sus abuelos, ¿y él? ¿quién pensaba en lo que le interesaba, lo que sentía o necesitaba? aparentemente nadie, todos estaban inmersos en sus preocupaciones, además él era grande y si no quería ir con sus hermanos debía conseguir un trabajo para subsistir, y un lugar para vivir, por eso no se hacía mucho problema porque la madre del “Pelado” seguro le haría un lugarcito, pero ¿trabajar? parecía una ironía, ¿en que podría trabajar? si la desocupación era la causante de este desastre familiar.
De todos modos ya vería cómo se las arreglaba, no quería dejar a sus amigos ni su lugar natural donde había vivido toda la vida.
Al principio no fue tan difícil, consiguió un lugar como esperaba, hacía changas, mandados y así conseguía algo de dinero para sus gastos y para llevarle a la madre del Pelado, que como si fuera poco esfuerzo criar sus siete hijos, lo había adoptado y lo trataba como uno más, siempre compartiendo la olla de guiso que lograba preparar con lo poco que ganaba lavando ropa o limpiando casas.
Pero la crisis no perdona, y la miseria ataca con más fuerzas en los hogares pobres,ya casi no conseguía changas, además la angustia y la desesperanza lo habían llevado por mal camino, encontró nuevos amigos, que lo invitaban a salir y con los que tomaba hasta caer en la inconciencia, ellos siempre andaban mostrando plata , con ropa y zapatos llamativos. Todo ésto lo deslumbró y lo hizo creer que esa fantasía podría alcanzarlo y que él llegaría a ser parte de ella, nunca había visto que derrocharan tanto dinero. En su hogar con un padre obrero de una fábrica, si bien nunca pasaron necesidades su madre debía administrar muy bien el dinero para llegar a fin de mes. Y bien ahora, cuando más solo se sentía la vida le acercaa estos nuevos amigos, que le hacían conocer otra cara de la realidad, esa que él veía por televisión, lejana e inalcalzable.
La nueva vida lo cambió,salía a la tardecita y volvía en la mañana totalmente ebrio, la madre del Pelado al principio lo regañó y al ver que él no cambiaba le pidió que se vaya. A Diego no lo inquietó, sus amigos lo llevarían con ellos, o al menos eso le prometieron, aunque debía esperar un tiempo. Mientras tanto viviría en la villa allí siempre habría un lugar, la idea lo asustó un poco al principio, pero le habían dicho que si se animaba a “entrar” en el negocio rápidamente tendría mucho dinero.
Y así poco a poco fue involucrándose en cosas cada vez más turbias y peligrosas, hizo de correo, fue vendedor de “blanca” y tantas otras cosas que prefería olvidar y ahora había llegado hasta allí. Los gritos de los chicos que se despedían haciendo bromas y poniéndose apodos lo hizo volver a la realidad y recordar la razón por la que estaba allí, esto lo asustaba aunque no quería reconocerlo, aunque antes había hecho cosas “fuleras” nunca algo así, lo habían convencido con distintos argumentos, pero lo que lo llevaba a hacer algo así era la ambición y la desesperación.
La tarde caía serena, con un cielo anaranjado que los rayos de sol pintaban en su despedida. Observó a su alrededor, era un buen barrio, tranquilo, seguro aparentemente, la mayoría de las viviendas eran cómodas con grandes jardines y altos muros o rejas que protegían a sus habitantes ¿o los aprisionaban? Al girar la cabeza vio el auto, ellos habían llegado, estacionaron a media cuadra de donde estaba y se quedaron en el interior del auto. Al fin llegó la noche y Diego se acercó a la casa de muros altos, conocía bien el lugar porque hacía días que observaba todo, sabía los horarios en que la familia entraba y salía y cuando sería menos peligroso entrar para esperarlos. El momento había llegado, ahora no podía arrepentirse, rodeó la alta muralla y al llegar al sitio elegido se escabulló en su interior, cuando se acercaron los perros les dio las golosinas que les tenía preparadas, siempre tuvo facilidad para hacerse amigo de los animales, luego revisó el entorno de la casa, sabía que no había nadie pero necesitaba asegurarse, conocer el lugar y ubicar las entradas. La casa era grande, las paredes exteriores tenían grandes ventanales que permitía conectar el interior con el espacio natural que la rodeaba, desde afuera se observaban ambientes cómodos, cálidos, era un hogar.
Fue nuevamente hasta el muro y le hizo señas a los otros para que entren, el lugar estaba seguro, en silencio fueron entrando uno a uno y distribuyéndose en distintos puntos. El jefe trepó a un árbol frondoso que estaba cerca de la puerta principal y se acomodó ocultándose, desde allí podría vigilar todo el movimiento; los otros lo imitaron manteniendo contacto visual entre ellos, eran cuatro. Nuevamente comenzó la espera, a Diego la tensión lo mantenía expectante, prefería no pensar en lo que iban a hacer porque temía arrepentirse, en su interior coexistían los principios inculcados por sus padres y los nuevos valores que había adquirido junto a sus amigos en una intensa lucha que él prefería ignorar.
Los perros ladraban, se oía el motor de un auto y el sendero se iluminó, alguien había llegado...
Esperaron a que desactiven la alarma e ingresen y en ese momento el jefe dio la orden para que salieran de sus escondites, el que estaba cerca de la puerta tomó de atrás a uno de los chicos mientras lo amenazaba con una navaja y le decía a la mujer que no grite, la pobre abría tanto los ojos por la sorpresa y el susto que parecía que se le saldrían de las órbitas, mientras apretaba contra su cuerpo a los otros dos niños; el jefe le hizo señas de que entrara en la casa pidiéndole que se tranquilizara, que no le harían daño si les entregaba el dinero y las joyas.
Diego veía todo lo que ocurría como si fuera una película, ¡No podía estar él en el medio de semejante situación! ¡ y menos del lado de los malhechores! se encontraba aún anonadado por lo que estaba pasando, cuando alguien lo sacudió de un brazo para que entre a la casa. La mujer con un hilo de voz y entre sollozos les pedía que no les hagan daño.
Algunos se habían “estado dando con la blanca” para tener más coraje, se notaba en el brillo de sus ojos y los volvía irritables e impacientes hostigando a la mujer con amenazas para que les entregara todo. Además de la navaja, el jefe tenía una pistola y Diego sabía que aunque no la sacara Miguel no se separaba de su sevillana, le habían asegurado que iba a ser un trabajo limpio y que no haría falta usar armas porque la mujer estaría sola con los hijos y del susto soltaría toda la “pasta”, solo había que “meterle un poco de miedo”. Hasta ahora todo estaba resultando según lo previsto, el jefe y Miguel la llevaron al dormitorio ordenando a los otros dos que vigilaran los chicos, una de las criaturas que no tendría más de cuatro años comenzó a llorar cuando lo separaron de su madre mientras los otros intentaban consolarlo. Diego advirtió un sonido lejano que le resultaba familiar y que se aproximaba rápidamente, la sirena de los autos policiales que se acercaban trajeron alivio a su alma.
Se sentó en un sillón y se aflojó... todo había terminado.
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