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BÚSQUEDA ENREDADA

–¡Caramba, perrito! ¿Qué te trae por aquí? –dijo el hombre en un tono cálido y afectuoso, que causó el efecto de un bálsamo aplicado a los prevenidos oídos de Reeec–. Se te ve hecho un saco de huesos –prosiguió–. Apuesto lo que sea a que no te iría mal algo de comer –y dicho esto entró en su casa (que era precisamente aquélla en cuya acera Reeec se había alebrado), cerrando la puerta tras de sí.

Reeec no se pasaba a creer que un humano se le hubiera mostrado amable. Y menos consiguió creerse el gesto que ese hombre tuvo con él a continuación: abrió de nuevo la puerta, y salió a la calle llevando en su mano un trozo de pan duro.

–¡Anda, perrito, cómetelo! –dijo arrojando el zoquete hacia Reeec.

Presa de un inefable estupor, Reeec olisqueó la comida. El aroma que soltaba era apetecible. Pero en cuanto le hincó el diente, tuvo que dejarlo: el pan estaba demasiado duro para que pudiera masticarlo. El hombre hizo un gesto de contrariedad con los labios, y volvió a coger el mendrugo. Reeec le miró con la misma devoción con que una beata mira los santos de la Iglesia. El hombre lo notó, y se metió de nuevo en su casa, cuidándose de cerrar la puerta.

Reeec acababa de comprender que no todo el género humano se afanaba en hacerle daño. Al menos ese hombre había querido darle de comer, aunque el pan duro no hubiera por donde atacarlo.

La puerta se abrió otra vez. Ahora el hombre portaba en su mano una galleta. Abrióse el cielo para Reeec en cuanto la saboreó; hacía tiempo que no probaba algo tan delicioso. El hombre manifestó orgullo por el resultado de su buena acción, y quiso continuarla.

Aquella noche Reeec rompió su ayuno con (a más de la galleta) una rodajita de salchichón, un mantecado sobrante de la Navidad y un trocito de pan (blando esta vez) embebido en aceite de freír carne... Por fin había encontrado un amigo humano.

No hubo dios que apartara a Reeec del sardinel de la puerta, esperando que en cualquier momento el hombre bueno volviera a hacer su aparición. En vano la noche cedió su lugar a la mañana. La primera persona que apareció por la puerta no fue el hombre bueno, sino una mujer que, a cuenta de su avejentado aspecto, pasaba de los sesenta años de edad. No le gustó encontrarse a Reeec en el sardinel de su puerta, ya que lo espantó a golpes de escoba... Así Reeec descubrió que con el hombre bueno vivían personas no tan buenas.

Todo el día anduvo poseído por una extraña esperanza. La vida reasumía para él colores algo más felices que los de los días anteriores. No pudo quitarse de la cabeza la imagen del hombre bueno; veía su rostro en las nubes y en el resol de las albercas de ese lugar manchego; el tañido de las campanas tocando a misa le recordaba el amable metal de su voz... Algo le había hechizado a Reeec: un deseo de encarar tiempos mejores, una ilusión por sumergirse en un torrente de bondad.

A la llegada de la tarde, Reeec acechaba las calles en busca de la personificación de la amabilidad de la víspera. Temeroso de volver a tener un encuentro con la mujer desabrida, no se acercó a la casa donde vivía el hombre bueno; se limitó tan sólo a rondar los alrededores de la misma. Y su celo no se vio privado de recompensa: vio al hombre bueno andando no muy lejos de él, de camino para su casa.

Reeec se le acercó meneando el rabo y con las orejas enhiestas.

–¡Caramba, perrito! –exclamó con simpatía–. ¿Volvemos a vernos? No encuentras quien te trate bien, ¿verdad?

Reeec no pudo reprimir un agudo ladrido.

–¡Eh! ¿No me irás a morder? ¿Acaso tienes la rabia? –dijo el hombre bueno, ahora con la faz revestida de seriedad.

El perro agachó la cabeza y comenzó a emitir tristes gañidos, esperando de este modo que se suavizara el ceño del hombre bueno, cosa que por cierto ocurrió.

–¡Pobre animal, qué necesitado de afecto estás!

Y al hombre bueno parecieron no importarle las poblaciones de parásitos que Reeec albergaba entre su áspero pelaje, puesto que se le aproximó para darle caricias. En cuanto a Reeec, no pudo evitar echarse a temblar tan pronto sintió sobre su lomo el amigable contacto de esa mano humana: talmente se traducían sus emociones... Fue un momento agradable tanto para el hombre como para el animal.

–¡Ojalá pudiera adoptarte! –suspiró aquél.

Adoptarle no le adoptó, pero en cambio le colocó un trozo de soga alrededor del cuello, para que hiciera los oficios de un collar: presumía que de esta manera las otras personas pensarían que el perro tenía un dueño, y, por consiguiente, se guardarían de infligirle malos tratos.


CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

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1 comentario

Labrysmoom Comentario por Labrysmoom el noviembre 22, 2008 a las 11:24am
Bueno, la cosa mejora, pero no tanto.
Un buen relato.
Seguiremos.
Gracias por compartirlo.
Un abrazo y deseos de un buen día.

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