Resultó difícil darse cuenta en un comienzo, pero luego, paso a paso, sin apresuramiento, en la habitación más apartada de la casa, el analista que siempre había sido me fue permitiendo separar seducción y banalidades que nos rodean, para llegar a esa conclusión. El sueño, (todo lo había parecido al principio), el viaje, se fueron mostrando como una realidad. La niebla era lo que más me desconcertaba. Mi querida Lisa allá afuera, charlando, y yo adentro, tratando de entender. Recuerdo haber sacado el auto del garaje, la mañana luminosa, las sombras largas, había olor a flores y a vegetación de montaña, era un día perfecto. A la derecha, una pared verde y gris de roca cortada en la montaña, ondulaba, luces y sombras pasando a mi lado; del otro lado, el izquierdo, el valle oscuro y la cinta brillante serpenteando más abajo. Ese costado del camino desfilaba en rápida secuencia de imágenes, en un contraluz de matas y piedras. De pronto el velo del sol, la túnica blanca sobre el valle, las gotitas en el parabrisas, el camino invisible. Y eso había sido todo. El accidente estúpido tuvo que ocurrir, la niebla espesa, yo a media altura, y una semana de demora para encontrar el auto en el fondo del valle.
Después, ¿cuántos días pasaron? Todo sumergido en la niebla. Cada tanto escuchaba el eco, el sonido del auto derrapando, y luego las ruedas saltando en las piedras. Pero por suerte, no había sido grave. Aquí estaba. Tenía noción de los días pasados en cama, de mi internación, de lo mal que me había sentido. Pero al fin todo superado. Como el que despierta de una pesadilla y reconoce que fue sólo eso. Además, me sentía bárbaro ¿cuánto hacía que no disfrutaba esa sensación, libre de dolores o molestias? De todas formas no podía engañarme, cada día estaba más viejo, más lejos del tiempo en que era Liíto, el pelo crespo no veteado de blanco, la sonrisa y los ojos brillantes cuando llegaba. Nada de sentarse bajo la lámpara, el diario abierto... O absorto, quieto, con el libro preparado, mirándolos a todos sin hablar. Y sobre todo, ahora, ningún cigarrillo entre los dedos...
Porque es cierto, me sentía sorprendido. Había notado esos cambios, sobre todo el de ellos: me daban menos importancia. Seguro mucho más lejos, ahora que me llamo Carlos y no me emborracho, el vaso de agua mineral constantemente al alcance de la mano, de aquel que estuvo en el ruido con amigos, escuchando jazz, o solo, la cara soñadora, la tez pálida, siempre con el vaso de whisky en la mano. A lo mejor era la vieja costumbre a esa atención permanente de la última época. Atención y preocupación, que aunque no se quiera, aunque lo disimulen, trasciende de los gestos y los actos. Sucede cuando se cuida mucho a un familiar que pasó por momentos difíciles. En especial, me sorprendía mi hermano, tan ruidoso, tan despreocupado estos días últimos, siendo lo habitual en él cuidarse del ruido de sus pasos o sonidos similares. Pero no pude dejar de reconocer que era hora de normalizar las cosas, yo estaba bien, ellos se habían cansado de correr, de tanto médico, ínter consultas, estudios. Tienen derecho a relajarse, me dije. Y eso era todo. Tuve ganas de olvidar, de ver caras normales, y no esas caras largas que todavía perduraban. Se me ocurrió que podría haber dicho alguna barbaridad. Pero por más que pensara, no pude rescatar algo concreto del pozo en que había caído mi memoria. Había días, había hechos que se me escapaban, sentía las cosas envueltas en niebla. Debo haber estado inconsciente algún tiempo. Pero bueno, no importa, me dije, ya todo está bien, y fui olvidándome. Ganado por esa paz, me di el gusto de reflexionar, tranquilo. Pensé en mi vida, en mi familia. Me sentía más a gusto que alegre, y aunque esa no fuera la palabra, me dediqué a saborear ese estado, libre de apremios, sobresaltos. Repasé tanto que llegué al fin a un balance, cosa imposible en los últimos tiempos, estaba siempre tan apurado... Como era previsible no fue un balance positivo, de todas formas, ganado por ese bienestar, no me hice problemas. A fin de cuentas tenía lo principal, o creí que lo era, aunque no me resultaba fácil definir lo principal. Pero al fin quedé satisfecho de tanto examen propio y ajeno. Y la verdad es que me estaba dando ganas de salir de la cama. Mientras tanto, en la habitación contigua, Lisa charlaba con mi madre. Por las dos aberturas alineadas podía verlas. Lisa, de pie, cruzada de brazos, el semblante serio. Reconocía que últimamente había pasado bastante tiempo considerándola más enfermera que esposa. Pero ya vendrían los momentos de mirarla como un hombre mira a una mujer. Aunque me preguntaba si eso todavía sería posible. Porque, a decir verdad, apreciar su fino perfil, su silueta agraciada, no producía en mí más que una curiosidad estética. Después, vi a mi hermano que hablaba con ella en actitud protectora. Por suerte esta vez comprobé, con agrado, haber superado el problema de los celos, recordando el eterno encono, sustentado quizás por el año de diferencia. Nos enfrentaba, sobre todo si tenía que ver con Lisa.
Pero ya era hora de darme el gusto. Dejaría un rato el lecho, les daría a los tres una sorpresa. Si en algún momento, pensé que me marearía o sentiría inseguro, me equivoqué. Deslicé mi cuerpo sobre la cubrecama prolija y estirada, salté casi, y así, descalzo, ensayé unos pasos. Ni siquiera sentí fresco o sensación de vacío. El contacto de los pies con el mosaico frío no fue problema. Los pasos me salieron bien, tuve ganas de bailar, de lo bien que me sentía. Liviano, etéreo, los kilos perdidos, seguro, fui alegre a la habitación donde estaban ellos. Me enfrenté a mi hermano con una sonrisa, puse una mano sobre su hombro en actitud conciliadora, y otra vez quedé sorprendido por su indiferencia. Lisa no demostró ninguna sorpresa, mi madre seguía tan seria como antes. Hasta me di cuenta que evitaban mirarme.
Casi irritado, después de quedar callado un rato, comencé a hablarles, después a gritarles.
Entonces comprendí.
roberto a. merlo
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