
NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES
-Pues sí, me tiraron a la fosa –seguía explicando Teobaldo Oesterheld a sus oyentes-. Tuve la suerte de caer en un sitio al que aún no habían alcanzado las llamas ni el queroseno. Cuando desperté, estaba en una cama de hospital. Me habían extraído la bala y curado la herida. Parece ser que me había rescatado la policía. El incendio en el cementerio había causado alerta en los alrededores, y enseguida se presentaron tres patrullas en el sitio. Detuvieron a los milicos, sofocaron las llamas y avisaron a una ambulancia. Cuando desperté en el hospital, creyendo que iba a morirme, di mi verdadero nombre a la enfermera y en pocas palabras le referí toda mi historia. La enfermera me estrechó la mano derecha, y me dijo que ya habían terminado para la Argentina los tiempos de andar escondido… Así recuperé mi nombre pero no mi vida. Estuve mucho tiempo enfermo, hube de ingresar en varios hospitales, pero al final sané, y, tras ser redimido y dar muchos tumbos por Buenos Aires, me instalé definitivamente aquí, en Plaza de Mayo.
-Bendito sea tu nombre –dijo una de las Madres, persignándose con unción.
-¿Y no sabe, Teobaldo, si los chicos de La Noche de los Lápices estaban en la fosa común? –le preguntó un hombre cargado de años y tristezas.
-Perdí el crucifijo de madera, que para mi sayo quise atribuir a María Clara –respondió Teobaldo Oesterheld-. Era un crucifijo como muchos de los que se pueden ver en los cuellos de las estudiantes argentinas; yo en aquel entonces pensé que pertenecía a María Clara, pero con los años crece la duda. ¿Y si fuera el crucifijo de otra piba? Después de todo, jamás reconocí un solo cadáver en la fosa… No puedo estar seguro, aunque entonces el corazón me decía otra cosa… Entonces yo plantaba flores y pensaba que eran para honrar la memoria de todos ellos.
-¿Y por qué rasca usted siempre esa especie de piedra que le hace sangre? –le preguntó una chiquilla de rubios aladares, muy guapa ella, ataviada con un vestido con muchos volantes, como de época.
Teobaldo Oesterheld apretó los labios. ¿Qué respuesta darle? ¿Tiene la locura una explicación coherente? Sólo sabía de cierto una cosa, y sobre la misma giró su respuesta:
-Rasco ese trozo porque así puedo evocar con fuerza los rostros de “mis chicos”… Y también me parece oír con toda veracidad sus voces cuando coreaban precisamente la canción “Rasguña las Piedras”.
Acto seguido, bajó la cabeza y guardó profundo silencio. Sacó de su bolsillo el trozo de hormigón, y esta vez no lo rascó pronunciando los nombres de “sus chicos”. Únicamente lo acarició. La gente se fue retirando, y pronto quedó solo. Su vida era la soledad, y su alma una canción inacabada.
Su historia cundió por todos los corrillos de Plaza de Mayo. Las Madres lo miraran cual lo harían ante un santo viviente. Los niños, henchidos de sentimientos de respeto, interrumpían sus juegos cuando le veían pasar por su cercanía. Su prestigio crecía de día en día, sin que el mismo apenas significase nada para él, habida cuenta de su silencio y soledad. Sencillamente estaba allí, rascaba el trozo de hormigón y recordaba… Toda su vida se limitaba a un solo recuerdo.
CONTINUARÁ…
El jardinero de las nubes.
http://eljardinerodelasnubes.blogspot.com/

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