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BÚSQUEDA ENREDADA

María Ascensión

¿Quienes Somos?

Una calle. Camino del trabajo. Un día aparentemente rutinario, como otro cualquiera. Una madre con su hijo de la mano llevándole al colegio. Un día que recordaré siempre porque fue especial, diferente e impactante. Un día que es el motivo de esta historia y que me lleva una y otra vez a la pregunta de ¿qué derecho tenemos a juzgar sin conocer?
- Venga date prisa que llegamos tarde, como siempre.
La mujer le tira de la mano y aprieta el paso. El niño le responde con un gesto de dolor en su cara.
- Mami, ya no puedo más, me duele mucho la pierna.
Ella apretando el paso y con un gesto de impaciencia empuja a su vez al niño al mismo tiempo que le apremia.
- Nos cerrarán la puerta del colegio otra vez. ¡Vamos, deprisa! ¡Tienes mucho cuento!
El pequeño le contesta de nuevo, ante otro brusco tirón de su brazo:
- Mami, es verdad. ¡No te miento!
Miré al niño y vi en sus ojos el dolor. Los rizos del pelo estaban esparcidos por su cara. Me hizo daño su mirada. Me hicieron daño esos ojos y esa tristeza. Sentí una inmensa ternura hacia él porque arrastraba su pierna derecha enfundada, enclavada y prisionera de una malla metálica con un complejo dispositivo de seguridad. Pensé en esos árboles de las plazas que te encuentras a veces plantados en el centro de un círculo de tablillas que les sirven de guía para crecer.
Miré a su madre y sentí surgir de mí la rabia y el odio ante su indiferencia e insensibilidad. En sus ojos apenas un atisbo de tristeza y en su boca un rictus de hastío y cansancio o ¿quizás sólo quise verlo?
Muchas noches, al acostarme, me acordaba de ese niño y de su madre. En una ocasión tuve incluso una pesadilla en la que me perseguían unos grandes ojos que irradiaban una luz que me deslumbraba y una cabeza cuyos rizos crecían y crecían hasta convertirse en una tela de araña monstruosa. Esa luz cegadora, absorbía la claridad del día transformándola en noche oscura que no me permitía encontrar ningún camino por el que huir. ¡Estaba atrapada! Mi despertar era brusco y un sudor repentino me invadía y la angustia se apoderaba de mí impidiéndome respirar.
Así un día tras otro. A la misma hora y en el mismo lugar. Impaciencia ante la lentitud de su hijo. De nuevo el tirar de su brazo. Y ese gesto de dolor, que entraba en mi corazón golpeando y obligándole a latir desbocado hacia el deseo de intervenir. Tropezó incluso conmigo en una ocasión y fue el pequeño quien habló:
- Perdone señora.
Su madre le coge del brazo y arrastrándole le grita:
- ¡Date un poco más de prisa!
Empecé a tejer en mi mente los hilos de una historia inventada con una madre cruel y un niño desvalido, totalmente falto de cuidados y cariño. Tanto y tanto me obsesioné que cada día al pasar a su lado no podía evitar el pararme durante unos segundos y volver la vista atrás hasta que se perdían al girar la esquina o se confundían entre tantos otros niños y madres que, como ellos, iban al colegio. Así un día tras otro hasta que cambié mi ruta para llegar al trabajo.
A veces sentía la tentación de retomar el mismo camino para volver a mirar aquellos ojos que habían atrapado mis sueños. Pude controlarme y continuar mi vida y se fue apoderando de mí poco a poco el olvido de aquel encuentro que durante un tiempo me aturdió hasta que….
- Que pase el siguiente, por favor.
Levanté la cabeza al oír la voz de la enfermera. No era mi turno pero su tono estridente y seco me sobresaltó. Aún tenía que esperar que atendieran a tres personas antes de entrar yo y volví a concentrarme en la lectura del libro que me había llevado a la consulta de Traumatología. Siempre llevaba conmigo algo para leer porque las citas nunca se correspondían con la hora real. Me gustaban las maneras de aquel traumatólogo de color oscuro como el chocolate, con bigote y me gustaba su gran paciencia y tranquilidad para atender a sus enfermos, sin prisas, con una gran psicología y, lo mejor de todo, con un diagnóstico eficaz. Me había cambiado a él no hacía demasiado tiempo pero sí el suficiente para saber que después de sólo una consulta, un par de radiografías y alguna que otra analítica, hasta ahora, jamás se había equivocado. Sabía también que todos sus pacientes le tenían una fe ciega.
A veces, cuando alguien te mira fijamente, te sientes observado y en un impulso incontrolable, levantas los ojos y tu mirada se cruza con la del otro en un instante fugaz. Era una mujer de mediana edad y yo la reconocí enseguida. En su boca ya no existía ese rictus de amargura y en su cara percibí la serenidad que da el sufrimiento y la lucha que se afronta con seguridad y conciencia plena de que es un deber y una garantía para mejorar. Miré alrededor pero no encontraba a aquel niño pequeño y desvalido que yo recordaba con su pierna enfundada en la maraña metálica que le servía de guía obligada limitándole a ese único movimiento del arrastrar grotesco de su pierna. Ella me miraba con una insistencia y descaro increíbles y me pareció ver que sus labios se fruncían en una sonrisa burlona. Prácticamente escondí mi cara en el libro que había quedado en mi regazo e intenté continuar con la lectura pero releía los párrafos una y otra vez sin asimilarlos porque seguía pendiente de aquella mujer que, con su mirar insistente me estaba poniendo nerviosa.
Cerré por fin el libro consciente de que era mejor dejarlo para otra ocasión. Al levantar la cabeza ví como entraba un muchacho, alto y fuerte arrastrando apenas su pierna derecha. Le reconocí al instante. Sus ojos no habían cambiado en absoluto puede que fueran incluso más grandes aún y su mirada más profunda. Ojos que entran dentro de ti y te atrapan. Ojos que cautivan los tuyos y no puedes olvidarlos ya. Mas ahora veía en ellos una dulzura que jamás capté en esos encuentros diarios y también un brillo de satisfacción. Se dirigió a su madre, le dio un beso en la mejilla y se sentó a su lado. Me fije, hipnotizada, en su pierna. La malla metálica había desaparecido y en su lugar había un dedo más de altura en el tacón del zapato, apenas perceptible.
Le llega el turno al chico y pasan a la consulta. El necesitaba unas radiografías y mientras se las hacían la mujer se sienta a mi lado.
- Gracias. Muchas gracias.
Me puse rígida y le pregunté:
- ¿Por qué me das las gracias?
Ella me contestó con rapidez.
- Porque sin tu ayuda, mi vida no sería lo que es ahora.
Me mostré impaciente y volví a preguntar:
- ¿Qué quieres decir? No comprendo.
Ella se humedeció los labios y se presentó:
- Me llamo Carmen y un día oí que te llamaban a ti María.
Nos dimos la mano y ella comenzó a hablar:
- El día que pasaste por primera vez a nuestro lado, yo empujaba a mi hijo porque con su andar tambaleante y el dolor que sentía arrastrando su pierna le impedía darse prisa y a diario llegábamos al colegio y tenía que pedirle al portero que nos abriera la puerta. Yo me di cuenta que una vez incluso te paraste observándonos. Pero sobre todo lo que más me impactó fue tu mirada dirigida hacia mí y después al niño. Fue un segundo tan sólo pero en él leí en tus ojos tantas y tantas sensaciones que me hirieron más que tus palabras sin pronunciar. Estas pasaron del odio y la desaprobación, del desdén a la sorpresa, de la rabia a la furia y finalmente al desaliento por mi actitud severa. Cuando miraste a mi hijo vi en cambio la ternura que yo le negaba, la paciencia que jamás tuve y la dulzura mezclada con el cariño que tampoco podía darle, pero no ví en cambio esa mirada de lástima e indiferencia que no puedo soportar día tras día cuando me miran el resto de madres que llevan a sus hijos a ese colegio. Calladas y egoístas que no los enseñan a compartir los juegos con el mío porque todos le llevan la delantera. El se sienta en un banco a la hora del recreo cuando los otros juegan y su mirada parece perdida o anclada en un punto fijo. La tutora me comentó que ni siquiera oye la campanilla que da el recreo por finalizado. Tienen que ir al banco para llamar su atención y que entre en clase.
Tu mirada ha perseguido mis sueños, se convirtió incluso en pesadilla pero ha sido también la que me dio la determinación de que mi hijo llegaría a caminar como los demás.
La interrumpí por un momento:
- Carmen, siento haberte hecho daño. No fue mi intención.
Ella me contestó y me cogió la mano:
- ¿Daño? ¡No, no digas eso! Tu fuiste quien me dio el impuso y el valor que yo necesitaba para luchar. Tu rabia se convirtió en mi valentía y tu desaprobación en mi coraje para conseguir lo que hoy tengo. ¿Has visto a mi hijo? ¡Prácticamente no cojea! El traumatólogo nos ha dicho que sólo le quedan cuatro meses de rehabilitación y cuando acabe le quitarán incluso el suplemento del zapato. ¡No tendrá secuelas María! A él le encanta el deporte. Ya no se sienta en aquel banco del patio durante el recreo. Ahora todos le buscan para jugar. ¡Es muy ocurrente e inteligente! Trae muy buenas notas a casa.
Carmen hizo una pausa, me soltó la mano y se acercó para preguntar si habían acabado ya las radiografías. Aún debían esperar diez minutos más. Continuó hablándome:
- Curiosamente el mismo día en que nos miraste mi hijo llegó a casa con una herida que le curaron en el colegio. Me contó que le habían llamado para jugar al fútbol pero uno de ellos le puso una zancadilla y cayó al suelo. La profesora tuvo que levantarlo del suelo. El solo no podía. ¡Y los demás, todos, reían!
Nuestra vida no ha sido fácil ¿sabes? Tengo tres hijos más. El se llama Alvaro. De los otros dos, uno es el mayor y el otro el más pequeño. Su padre nos abandonó hace cinco años cuando nació Jonás, el menor. Sin explicaciones. Mis preguntas han quedado sin respuestas. Una mañana me desperté muy temprano al oír cerrarse la puerta y comprobé que se había llevado todas sus cosas. Al principio dije a los niños que se había ido a trabajar fuera. Hace poco que les he dicho la verdad. Ya no quiero mentiras en mi vida. ¡Se acabó María! ¡Ni mentiras ni lástima!
La interrumpí para preguntarle qué le había pasado al niño en su pierna.
- Lo atropelló un coche el día siguiente de la desaparición de su padre. Le aplastó la pierna. Le astilló los huesos. El conductor se portó muy bien. Corrió con todos los gastos de la intervención. Era un niño muy inquieto y atrevido. Cruzó por donde no debía.
Le cogí las manos en un gesto de comprensión y le dije:
- Dios mío ¿Cuánto has tenido que sufrir?
Alvaro salió con las radiografías en la mano y vino hacia nosotras, dirigiéndose a su madre muy contento:
- Madre me han dicho que voy muy bien por lo que se ve en las radiografías pero que el Traumatólogo será el que nos dirá el tiempo que aún me queda de rehabilitación. ¡Yo la conozco a Vd!
Su madre nos presentó y él dándome un beso me dijo:
- Yo la recuerdo. Vd. es la señora de la “mirada dulce”.
Emocionada, le di un abrazo y le dije:
- Eres un exagerado. Me alegro muchísimo de verte así. Yo si que me quedé atrapada en tus ojos durante mucho tiempo y me he preguntado muchas veces qué habría sido de ti. Te has convertido en un apuesto joven. Estoy muy contenta de haberos encontrado y saber que todo va bien.
Carmen se levantó. Ya les tocaba a ellos la consulta. Al salir me comunicó que su hijo podía apuntarse en el equipo de fútbol del colegio. Intercambiamos los números de teléfono. De vez en cuando nos llamamos y ante una taza de café o caminando por la playa hablamos y hablamos. Carmen es una persona honesta y tiene muy buen corazón.
Me ha dado una gran lección esta mujer menuda y pequeña pero con gran determinación. Muchas veces cuando miramos a las personas da rabia pensar que por un gesto, una mueca, una actitud o un hecho seamos capaces de erigirnos en jueces. Debemos intentar antes de hacer juicios previos y la mayor parte de las veces falsos, acercarnos a ellas, profundizar o intentar comprender sus sentimientos y, sobre todo, ponernos en su lugar y hacernos una pregunta que jamás nos atrevemos a formular ¿Qué habría hecho yo?
La vida nos da lecciones y sobre todo, los demás nos dan lecciones de fuerza, de valentía, de arrojo, de ganas de luchar, de fortaleza, de rectitud y de otras tantas cosas imposibles de enumerar.
Detrás de cada mirada o de cada gesto se oculta toda una vida y no tenemos derecho alguno a decir si frívola o insensible, vacía e indiferente. Detrás de cada corazón se esconden unos sentimientos, impregnados de sufrimientos, de odio o rabia, pero sobre todo, detrás de la apariencia de cada uno de nosotros se esconde una historia y no olvidemos nunca que puede ser muy diferente y contraria a la historia que jamás hayamos podido imaginar.
.

12 comentarios

Templario Comment by Templario on June 29, 2008 at 10:59am
cierto, muchas veces juzgamos sin saber, simplemente con un gesto o una mirada creemos saber como es esa persona y desde luego no somos nosotros nadie para hacerlo, el que no nos guste algo de otro no nos da el derecho para juzgarlo, pues si mirásemos dentro de nosotros mismos también hay demasiadas cosas para juzgar y las dejamos a un lado... Es mas fácil ocuparse de los demás que de nosotros mismos.
Me gustó tu historia y me alegra que el niño se recuperase.
Un beso
María Ascensión Comment by María Ascensión on June 30, 2008 at 1:58am
Esto lo tenía por ahí olvidado. Y sí un día vi a una madre y esa mirada en sus ojos apremiando a su hijo que cojeaba. Lo demás.... inventado. Besos
arantza Comment by arantza on June 30, 2008 at 9:35pm
Bueno Maria Ascensión... tengo que decirte que tienes la capacidad de emocionar con tu forma de escribir, cosa nada fácil. Yo es lo que busco al leer, que el texto me mueva, para bien o para mal, lo que no soporto es que me deje indiferente. Se me han llenado los ojos de lágrimas y además tu texto vuelve a hacernos mirar en el espejo. Qué fácil es juzgar a los demás cuando los demás igual nos dan siete mil vueltas a nivel moral. Un beso. Gracias.
María Ascensión Comment by María Ascensión on July 1, 2008 at 2:19am
Gracias Arantza por tu comentario. Me alegra que os guste lo que escribo y me alegra que me lo digáis. ¡Es como ... un motor que me impulsa... porque ahora mismo tengo dos novelas paradas. Una es esotérica, empezada ya. La otra en mi cabeza, esbozada incluso en los capítulos. ¡De verdad gracias porque vuestros comentarios me dan la fuerza en mis deseos angustiados de hacer algo para lo que ahora me siento un poco bloqueada!. Ese relato lo tenía por ahí y no lo había puesto en el blog de librodearena que por cierto allá hace tiempo que no pongo nada. Nuevamente ¡gracias!
Pilar Comment by Pilar on July 11, 2008 at 10:43pm
Es un poquillo tarde... pero aquí vengo a dejarte un poquito desta cosita roja que hace tic tac, me da que es un reloj o algo asin que hace que todo funcione.
Y un besito, para que nunca te falten ilusiones.
Y que disfrutes de ellas y de los tuyos con salúd
Disfruto mucho con tus relatos., como dice Arantza tienes la capacidad de emocionar y llegar al corazón....
Muakssssssssssssssssssssssss!
Pilar Comment by Pilar on July 12, 2008 at 12:20am

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cincuentona Comment by cincuentona on July 12, 2008 at 8:00pm
siempre nos sentimos capaces de sacar defectos a los demas o por un comentario o situación, creemos que lo sabemos todo de ellos y les hacemos trizas. Es un defecto que tenemos los humanos, unos mas que otros.Pero esta historia nos demuestra que la mayoria de veces nos equivocamos. Hace recapacitar y muchos deberian leerla. Me ha encantado de verdad.
Un beso.
María Ascensión Comment by María Ascensión on July 13, 2008 at 3:08am
Gracias Cincuentona por tu comentario. La verdad es esa y considera injusto el juzgar por las apariencias porque detrás de cada mirada de tristeza, indiferente, vacía o aunque sea de desprecio, detrás cada gesto de impaciencia, frialdad o incluso de maldad... se puede esconder una historia de valentía, de dolor, de cansancio y de hastío y no por eso se es peor que los que lo percibimos así. Un besito.
María Ascensión Comment by María Ascensión on July 13, 2008 at 3:23am
Gracias rcpilar, por esa cosita roja que ya veo bien lo que es. El mío también te pertenece. Un beso fuerte. Muakkkkkkk
alada Comment by alada on July 21, 2008 at 6:03am
Hola María Ascensión,acabo de leer tu post y me ha maravillado. Por favor,no dejes de escribir. Besos.

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