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BÚSQUEDA ENREDADA

Templario

El libro

Leía y releía el relato y parecía mentira que yo hubiese escrito aquello, no me reconocía.
No sé realmente cuando empezó todo, mi pasión por la escritura y la lectura no había sido nunca grande…y ahora.
Todo parece coincidir con el día que paseando por Barcelona encontré una tienda pequeña abarrotada de libros y en el letrero, tan antiguo como su puerta, ponía: “librería Séneca”. Me llamó la atención el escaparate. En él había un atril de madera, como el que había estado buscando tanto tiempo, junto a libros de todos los tamaños, péndulos y cruces vistosas. Entré. No me sorprendió el olor a cerrado que me invadió y ver a un señor pequeño y demacrado con un traje oscuro, era como si lo estuviese esperando. Levantó la cabeza al oír la campanilla.
Me acerqué sorteando pilas de libros amontonados por el suelo de toda clase de tamaños y colores y le dediqué una de mis sonrisas.
— Buenos días, he visto en el escaparate un atril que estaría interesada en comprarlo ¿Cuánto pide usted por el?
—No, el atril no está en venta, —dijo mirando lo corto de mi minifalda— es una reliquia familiar, pero si quiere echar un vistazo igual encuentra algo que también le guste — señalando a su alrededor.
—Ya, lo entiendo — dije un poco decepcionada— Si algún día quisiera venderlo le doy mi número de teléfono y encantada de podérselo comprar. —Rebusqué en mi bolso para sacar un papel y bolígrafo.
—Desde luego, lo tendré en cuenta. —Siguió sacándole el brillo a un libro de tapas oscuras.
El señor se había quedado anticuado o eso me pareció a mi, a todo le llama librería, solo había que mirar para darse cuenta que allí no había entrado un libro recién salido de imprenta en mucho tiempo; las estanterías estaban repletas de libros con los lomos de cuero y las letras ya desgastadas, un orden que quizás solo él y nadie más que él podía entender. Una mesa con montañas de libros no dejaba hueco para poner el teléfono, que sobresalía entre las pilas de libros. En las paredes colgaban relojes de péndulo y marcos dorados que no dudo también serían reliquias familiares. Al fondo, un carrito de la compra lleno como una gran papelea de libros, me llamó la atención por lo inusual y por el poco cariño que parecía tenerle a esos libros.
—Disculpe, ¿por qué tiene esos libros en el carro?, espero no importunarle con mi pregunta—dije dejándole el número de teléfono apuntado en un papel en la esquina libre de la mesa.
—Acaban de llegar, aún los he de catalogar y buscarles un sitio adecuado — mirando las estanterías llenas. — Cuando los hijos o nietos heredan normalmente se deshacen de lo que hay en las casas y los libros no es algo que quieran quedarse, a mi me gusta comprarlos y darles un lugar que no queden en el olvido o peor aun en las basuras municipales.
—Nunca pensé…
—Si, se hace más veces de lo que uno se cree. Entre ellos, a veces, encuentro maravillas— la expresión de su cara denotaba el cariño que sentía por los libros.
— ¿Podría echarles un vistazo? —Me picó la curiosidad, quizás encontrara algo interesante.
—Desde luego— dijo con una sonrisa en la cara, pareció que le cambiaba el semblante y que se estiraba en su cuerpo menudo.
El verlos así me revolvía las tripas, me entretuve y los saqué uno a uno del carro y los empecé a apilar en el suelo según los tamaños. No soy una entendida en literatura ni como se catalogan pero me pareció más oportuno que revolverlos dentro del carro.
Me llamó la atención un libro muy delgado de tapas verdes. En ellas un ave exótica llenaba la portada, poesía del año 1936, su autor Salvador Marín y el título: La zarzamora.
Lo ojeé y vi que estaba de dedicado por el autor a una mujer llamada Virginia, algo en mí me dijo que el amor que en aquellas palabras había no podía acabar en un carro de supermercado.
Me levanté del suelo y me acerqué al hombre que parecía estar esperándome.
— ¿Está en venta?—Alargándole el libro para que lo viese.
Lo cogió entre sus manos huesudas y un tanto azuladas por las venas y pasó muy poco a poco las páginas deteniéndose en la dedicatoria como momentos antes había hecho yo.
En sus ojos me pareció ver un toque de añoranza.
— ¿Por qué ha escogido éste? — mirándome fijamente a los ojos.
— La verdad... no lo sé, quizás la dedicatoria, los poemas, sinceramente no lo sé.
— Es un libro de poemas de antes de la guerra civil española, un poco empalagosos para los tiempos que corrían por entonces. Pero ya sabe usted que los poetas dejan que la musa baile contra la corriente del tiempo que están viviendo...
— O quizás sea el amor — contesté a lo que el librero sonrió.
— Es suyo, sólo le cobraré 50 céntimos.
— ¿Sólo cincuenta céntimos? Tienen que ser unos poemas muy malos para que cueste tan poco— sonreí al decirlo y saqué mi monedero
— No hay poemas malos, hay lectores que no saben apreciar el alma con la que se escribieron.
Creí ver en sus ojos un reproche, a lo que le di el dinero y salí de allí dándole las gracias.
Seguramente no me llamaría por lo del atril, quien rescata de las basuras libros y revistas no se deshará tan fácilmente de un atril que ha pertenecido a su familia. Lástima pues me encantaba.
Llegué a casa cansada de caminar por las calles en pleno agosto, me duché. Hacía un calor espantoso y era casi mediodía. Me tumbé en el sofá con los pies en alto a leer los poemas que había rescatado. No parecían muy buenos, pero quien era yo para valorarlos cuando no había escrito una línea en mi vida; ni cuando me quedé locamente enamorada de Eusebio pude escribirle un verso. Según él me dejó por mis miedos a perder la virginidad sin estar casada; posiblemente no estaba preparada para ello, pero no me entendió. Qué tiempo perdido, no podía más que pensar en lo que habría sido si aquella noche lo hubiéramos hecho.
Recordando los besos que me dio en su día y como me palpitaba el corazón con cada roce suyo me quedé dormida con el libro entre mis manos.
Eran las cinco de la tarde cuando me desperté y unas ganas tremendas de escribir hicieron ponerme a ello. Encendí el ordenador, un trasto que solo tenía para la cuentas del banco y el chat y ahora le vi otras funciones. Fui a programas y abrí una página en blanco del programa word.
Mis dedos corrían por el teclado más deprisa de lo que nunca imaginé, encontrando cada uno su lugar, no como cuando escribía solo con los índices. Entré en un estado que sin darme cuenta me fue ganando. Al tiempo que leía lo que escribía aparecían más frases por leer, era más rápida escribiendo que leyendo.
Mi espalda empezaba a dolerme por la postura frente al ordenador pero mi cuerpo se negaba a salir de aquella locura de letras.
Salían nombres, palabras que no sabía que existían y mi mente pareció dormirse y dejar pasar a otra que no era yo.
Me desperté con la cabeza en el ordenador y las teclas clavadas por el peso en mi mejilla, doloridas. Mi cuerpo no reaccionaba a mis deseos de levantarme y me sentí agotada, incrédula de hallarme en el ordenador y no en mi cama. Agotamiento.
Miré el reloj calendario que tenía sobre la mesa y habían pasado tres días de los que no recordaba nada.
Ahí fue donde me di cuenta que algo estaba pasando.
En la bandeja de la impresora un montón de papeles escritos. Estiré la mano y los empecé a mirar, leía el relato y me parecía mentira que yo hubiese escrito aquello.
Una historia que se ubicaba en una Barcelona que yo no conocía, lugares de los que oí hablar a mi abuela…Vino a mi mente su álbum de fotografías y postales, de sus abuelos recién casados los dos vestidos de negro, ella de pequeña junto a un caballo de madera, un día de playa con aquellos agobiantes bañadores… ¡El collar!, un camafeo con la que siempre se retrataba mi bisabuela y por cosas de la herencia pasó a ser mío. ¿Dónde lo puse?
¿Qué clase de duende malo hace desaparecer las cosas que no hace mucho encontrabas en cualquier momento?
¿Por qué cuando más necesitas encontrar algo más dificultades se encuentran?
Pienso, quiero obtener la imagen del objeto y el último lugar donde lo vi.
En la habitación, en un cajón del armario, junto a las colchas de ganchillo de la abuela.
Allí estaba, entre reliquias también familiares guardadas con esmero. Me acordé del librero, yo tampoco me podría deshacer de eso.
Era un broche de plata, con el relieve en la piedra de ágata de una mujer de perfil leyendo.
La plata se había oscurecido por el tiempo pero seguía siendo hermoso.
Era igual que el que describía en los folios escritos.
Unas palabras grabadas eran lo que me instaron a buscarlo. Como lo imaginé allí estaban, disimuladas, casi en un lugar secreto, en el pequeño libro que la mujer estaba leyendo: “Eternamente Salvador Marín”
Ahora me quedaba todo claro.
Me acerqué a la impresora, busqué la primera página, en la dedicatoria podía leer:

“Para Virginia, mi musa de la poesía que con más alma que maestría quise componerle.
Ahora escribo y que quede para siempre, ese amor que nos regalamos y entre sábanas y plumas los dos juntos a escondidas disfrutamos.
Tuyo eternamente
Salvador Marín.”

5 comentarios

alina galliano Comment by alina galliano on July 23, 2008 at 10:19pm
Amigo Templario
Tersa la historia que nos dice que el amor siempre nos encuentra en miles de maneras .Gracias.
María Ascensión Comment by María Ascensión on July 24, 2008 at 1:14am
Bonita Historia amiga Templario. ¡El amor! ¡Ay del amor! lo buscamos y no lo encontramos es como dice Alina... ¡es él el que nos encuentra de miles de maneras!
Me encantó lo que escribiste. Un beso fuerte.
Templario Comment by Templario on July 24, 2008 at 10:56pm
Gracias Alina por tu comentario, puede que mi nick lleve a engaño pues soy amiga en todo caso, pero tranquila ya me pasó varias veces.
Un beso
Templario Comment by Templario on July 24, 2008 at 10:57pm
Ay el amor Ascens, es algo maravilloso... yo siempre he creído que puede remontar varias vidas y llegar a ser eterno, es mi vena fantasiosa que me puede.
Besos preciosa.
María Ascensión Comment by María Ascensión on July 26, 2008 at 2:51am
Si amiga Templario.. yo creo en el amor y en sus efectos, sus compensaciones, su suavidad, su calor, su color, sus deseos y sus miedos..
Amar es darse sin pensar más que en la otra persona, amar es no esperar nada a cambio jamás... amar es esperanza, compartir, vivir y necesitar el aire. También amar es sufrir. Un beso grandote

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